#Musalove Story nº12 – I Concurso de relatos

Historia de amor San Valentin

Relato nº12: Nuestra historia de Amor

La reunión de antiguos alumnos del curso de 1987 se ha convertido en una fructífera y emocionante costumbre, que cada diez años convierte a personas adultas en adolescentes por unas horas. El reencuentro entre el rebelde, la guapa, el empollón, la gótica, el excéntrico, además de los niños sombra – esos que siempre pasan desapercibidos, a pesar de que todo el mundo sabe que existen -, siempre ilumina el salón de actos del instituto con historias pasadas formando nubes imaginarias de alegría y nostalgia.

Ese fue el primer año en que vino Lucía Jiménez. Seguía tan preciosa como siempre, con el valor añadido de que ahora era una atractiva mujer para la que el paso de los años había sido muy agradecido con su físico, pero inversamente proporcional a su desgraciada vida personal, con un divorcio y varias relaciones tormentosas a sus espaldas. Por fortuna, de su novio de entonces, Alberto García, solo quedaba el nombre, porque su brillante calva apenas resaltaba gracias a una sobresaliente barriga.

Conseguí llamar su atención, gracias a que siempre fui un chico simpático en clase, que ahora había ganado en experiencia y en atractivo. Nunca conseguí el beso, el abrazo, o el paseo romántico con el que soñé durante infinitas noches, pero ahora, viéndola de nuevo, pareció que nunca había pasado el tiempo. Charlamos durante mucho rato, hasta que decidimos seguir esa cita camuflada en un lugar más tranquilo, ajeno al resto.

Mi proposición de ver el fin de la tarde desde el claro que tantas veces nos juntó en míticas fiestas al aire libre, establecido en la carretera entre Murcia y Alicante, dio en el clavo porque ella se emocionó, soltándose el pelo y comenzando a cantar sin música. Paré a repostar en una gasolinera, antes de llegar al lugar mágico de nuestra juventud. Ella fue conmigo al local donde se pagaba, dado que pensó que sería buena idea comprar algo de bebida y comida. Antes de salir, nuestra vista se detuvo en un tubo giratorio de esos en los que antiguamente se vendían las cintas de casete de los artistas más estrambóticos y raros de la historia, que nunca serían encontrados en las tiendas normales de la gran ciudad.

La cabeza nos llevó hasta la fiesta de fin de curso, muchos años atrás, cuando el momento álgido nos llevó a todos a bailar agarrados por los hombros mientras sonaban dos canciones que provocaban mucho rubor, pero espléndidas para el momento, de un grupo de música flamenca formado por varios hermanos, muy popular en aquella época. A Lucía se le ocurrió la idea de rememorar esa noche, con baile incluido, por lo que antes de acudir al claro de nuestra adolescencia, nos pusimos manos a la obra para encontrar esa música, que solo podríamos encontrar en una gasolinera.

La tarde fue absorbida por la noche, que acabó cubierta por el manto frío de la madrugada.Pero ninguna de ellas quiso que encontrásemos nuestro premio, a pesar de recorrer más de doscientos kilómetros, en los que nos dio tiempo a visitar aproximadamente doce gasolineras. Los trabajadores, o los dueños, nos miraron extrañados cuando preguntamos por ese tipo de música, tan poco habitual. De hecho estoy seguro que nos creyeron borrachos o drogados.

Lo más cerca que estuvimos de lograr nuestro tesoro fue en la estación que había en una de las salidas hacia Cartagena: un cedé con canciones de aquellos músicos gitanos era similar a lo que queríamos, pero no era la cinta de casete que habría tornado nuestro recuerdo en una bella realidad.

Con la llegada del amanecer desistimos en nuestra búsqueda, con cierta sensación de alegría, aderezada con algo de tristeza, porque habíamos disfrutado muchísimo, con algo de aventura. Lo malo era que no habíamos aprovechado el momento con algo de aquellos sueños románticos de mi juventud. Pero mejor eran estas mágicas horas al vacío de rellenaba mi caja de amor de la adolescencia.

Decidimos acabar nuestra reunión acudiendo al claro mágicoque debíamos haber visitado antes de dejarnos embriagar por nuestra locura musical adolescente.La señal de la gasolina de mi coche nos forzó a buscar una última gasolinera, para no acabar esta cita extraña esperando a una grúa junto a una cuneta de la autopista. Nuestros teléfonos estaban casi sin batería, por lo que no pudimos acceder a nuestros mapas interactivos, así que nos vimos obligados a buscar a ciegas un lugar donde repostar.

Finalmente encontramos lo que parecía una gasolinera abandonada, que mantenía su aspecto de antaño. Permanecía abierta, para nuestra sorpresa, con un padre y su hijo trabajando, que parecían resistirse a abandonar lo que parecía un tradicional negocio familiar. Lucía se quedó en el coche, adormilada, mientras yo acudía al cuarto de baño, para después pagar la gasolina. Cuando me disponía a salir de la pequeña garita, me topé con un nostálgico tubo giratorio ensombreciendo una de las esquinas del lugar. Me acerqué, cansado, pero mi sangre comenzó a bombear rápidamente cuando comprobé que el artilugio estaba lleno de cintas de casete.

Salí corriendo hacia el coche, desperté a Lucía, para después acudir juntos, agarrados de la mano, hacia mi descubrimiento.Habría sido una suerte espectacular encontrar el álbum que queríamos, algo que no sucedió, pero sí había otro del mismo grupo, que acompañamos de otro disco más abrumador todavía. El dueño de la gasolinera, sorprendido por nuestra compra, nos regaló dos cintas más a elegir. Afirmó que nunca quiso deshacerse del mueble porque le traía muchos recuerdos, al tener la impresión de que algo similar sucedería con otras personas. Y así fue en nuestro caso.

 

amor, san valentin

Muertos de risa, emocionados, acudimos al claro que llevaba desde hacía varias horas resistiéndose a reencontrarse con nosotros, donde nos dispusimos a brindar con café recién comprado por la victoria, escuchando de fondo la música que nos había tenido toda la noche recorriendo gran parte de las carreteras y gasolineras de la provincia.

 

Por supuesto, el aparato de música incorporado en el coche no aceptaba casetes, ni yo poseía conmigo ninguna máquina para ello. Con la emoción de la extraña misión que habíamos decidido abordar olvidamos que no teníamos con qué escuchar aquellas vergonzantes canciones. Nuestras canciones.

Rompimos a reír, a llorar, a abrazarnos, y a besarnos, como si fuese el primer beso de nuestra juventud, porque algo había encendido nuestras vidas en ese momento del presente. Gracias al pasado tendríamos una historia emocionante que contar con lágrimas en los ojos, en un futuro que ahora sí parecía ser muy prometedor.

 

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Nuestra historia de amor
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nos dispusimos a brindar con café recién comprado por la victoria, escuchando de fondo la música que nos había tenido toda la noche recorriendo gran parte de las carreteras y gasolineras de la provincia
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  • Sai

    Una historia muy simpática y genial la idea de esas casetes de gasolinera y el detalle de que olvidaran que no podían reproducir la cinta! Brindemos por más textos como este! 🙂

    • Danivad

      Gracias Sai!!! El amor a veces nos lleva a hacer cosas extrañas 😉