#Musalove Story nº16 – I Concurso de relatos

San valentin 2017

Relato Nº16. De frente al mar

Una de las peores ocupaciones existentes, es sin dudas la que tenía Fede. Si bien laburaba en la calle, tomaba aire fresco y veía pasar muchas mujeres; también estaba la contra de que era un pancho gigante. La panchería y hamburguesería de la esquina lo había contratado hacia un par de años. Comenzó en la cocina, y a los seis meses lo derivaron al sector de “relaciones públicas”. Repartía folletos a los transeúntes, disfrazado de un Hot Dog permanentemente sonriente. El disfraz abarcaba desde la cadera, hasta medio metro más allá de la cabeza. Completamente construido en  goma espuma. Éste material le confería una temperatura infernal al interior, especialmente en la época de verano. Odiaba ver la gente que pasaba en remeras y shorts, mientras el sudaba a mares dentro de esa maldita prisión acolchada. En el mejor de los casos era ignorado, pero muchas veces era maltratado por los peatones. Recibía insultos, empujones, escupitajos, y patadas en los tobillos por parte de los niños. Fede tenía veintiséis años, y estaba convencido que su vida era completamente miserable.

 

Lo único bueno era que vivía a media cuadra del trabajo, aunque lo hacía en un departamento oscuro y depresivo. De un minúsculo ambiente, con vista al pulmón, y en un antiquísimo edificio de mediados de los años 30. Abundaban las manchas de humedad y las cucarachas. Encima carecía de ascensor, por lo que la marcha hasta el tercer piso debía hacerse por las escaleras. En una época supieron ser de mármol, pero ahora eran solo de cemento. Comenzaba cada mañana deprimido de antemano, sabiendo que un día de mierda lo esperaba. Cuando podía desayunaba en su casa, pero generalmente lo hacia en el negocio. Se comía un sándwich recocido, sobrante de la noche anterior. En los pocos metros que recorría hasta llegar al local de comida chatarra, compraba su diario atado de Viceroy común. Fumaba religiosamente el primero del día, antes de ingresar a su calvario diario. De 11hs. a 20hs. dejaba de ser él mismo, para convertirse en la caricatura de un alimento al cual detestaba. Mientras transpiraba parado al sol y rodeado de goma espuma, pensaba en su familia. Imaginaba lo feliz que sería estando con ellos en Las Toninas, su pacífico pueblo natal. Hacía ya seis años que estaba en Capital. Dejó su pueblo con la idea de estudiar derecho, pero no pudo aguantar estudiando y trabajando a la vez. De a poco fue alejándose forzosamente de la facultad, hasta abandonarla definitivamente. Por las noches, cenaba algo en el local para evitar gastos.  Llegaba exhausto a su vivienda, se daba una ducha y se acostaba. En una improvisada mesa de luz, tenía una destartalada radio con la cual escuchaba radio hasta dormirse. Le encantaba el programa de Dolina, pero rara vez llegaba a oírlo completo. Poco había en su repetitiva vida que lo sacara de la mediocridad diaria. Del departamento al trabajo y del trabajo al departamento. Los únicos a quienes consideraba amigos, eran solo unos pocos compañeros de trabajo.

 

Afortunadamente algo cambio en una agobiante tarde de finales de septiembre. Frente a su esquina, pudo ver una empanada de plástica sonrisa. Repartía imanes para heladera de una reconocida casa de empanadas a domicilio. Era de humita, la reconoció por el repulgue. A esa altura del año, comenzaba la temporada fuerte de los delivery y las comidas rápidas. La ciudad se poblaba de infelices disfrazados de alimento, como Fede. Se sintió bien al ver alguien más que compartía su calvario. Por un momento no estaba tan solo en su pena. No era el único idiota castigado por los dioses, y condenado a tal suplicio. Pudo ver por las piernas entalladas en calzas negras que asomaban del disfraz, que se trataba de una chica. La saludo, mas como una broma que como una intención de afinidad. Ella contestó agitándole la mano. Ese pequeño gesto le bastó al pobre pibe para dormir tranquilo esa noche. Solo con eso le alcanzó para no sentirse tan miserable como de costumbre.

 

Todos los días la veía. Sabía que era la misma chica, por que lo saludaba cuando él llegaba a su puesto de trabajo. Muchas veces él le dedicaba un paso de baile, o alguna estupidez similar. Ella le respondía desde el otro lado de la calle, imitando los gestos. A pesar de lo transitada que pudiera estar la avenida, ellos se las arreglaban para divisarse cada dos o tres  minutos entre la multitud. Lo hacían como para chequear que el otro aún estuviera ahí. Les bastaba saber que no estaban solos. La rutina de varios meses de verse en la misma situación, los llevó a sentirse cercanos de una extraña manera. Compartían mucho más que la misma intersección de calles, y la misma profesión. Compartían la misma desgracia, y la misma desdicha.

 

Finalmente el dos de diciembre, Fede juntó valor. Esperó a que su jefe se retirara, para cruzar la calle Coronel Díaz y acercarse a la empanada. Lo hizo como para joder y cagarse un poco de risa.

“¡Qué laburo de mierda tenemos!” le dijo medio a los gritos, como para poder superar el estruendo del trafico de la concurrida Avenida Callao en hora pico. Tenía que atravesar a la vez, como medio metro del material sintético de los trajes.

“La verdad que si, ¡Estoy muerta de calor!” Acompañó la frase con un gesto con los brazos, como si se secara la transpiración de la frente. “Me llamo Vicky, ¿vos?”

Fede le contestó en forma automática, pero su mente se quedó pensando en otra cosa. Repetía una y otra vez en su cabeza el nombre que acababa de oír. Era tan dulce y sonaba tan suave, que sería difícil de olvidar. La conversación siguió, de manera bastante amistosa y cordial. Hablaron del tiempo, de que el pronóstico anunciaba lluvia, y varias estupideces más. Lamentablemente el pancho debió volver a su esquina, por si llegaba a volver el mandamás.

 

Con el correr de los días volvieron a intercambiar palabras, aunque siempre de temas triviales. Comenzó lentamente una relación de camaradería, más que de amistad. No hablaban de nada muy personal, sino de generalidades. Pero cada uno ya era parte de la rutina del otro. Si uno de los dos faltaba un día, el otro ya se preguntaba que le habría pasado. Era una reciprocidad algo rara, pero los ayudaba a superar el sufrimiento diario. Una noche, Vicky se quedó dando vueltas en la cama sin poder dormir. Se preguntaba como sería él. Aunque no lo conocía se lo imaginaba como un pibe copado. Lindo aunque no demasiado, pero por sobre todo muy simpático. Pasó la noche pensando en lo estúpida que era. Intentó racionalizar sus pensamientos, y llegó a la conclusión de que estaba idealizando demasiado. ¿Cómo iba a pensar en alguien que ni siquiera conocía?

 

A la tarde siguiente, cuando él cruzó a saludarla, despertó en ella algo que no pudo contener. Olvidó lo que había estado analizando la noche anterior, y las palabras casi salieron solas.

 

“¿Nos vemos en el bar de Rivadavia y Junín? A las 9hs. te espero.” Pudo sentir el calor en las mejillas mientras se sonrojaba. Por primera vez dio gracias al traje, que ocultaba sus signos de vergüenza y timidez. Fede confirmó su asistencia. Le dijo que iría con una remera verde, y partió dando saltos de alegría de regreso a su lado de la calle.

 

Vicky llegó primero, y buscó el sector fumadores. Lo esperó mientras consumía ansiosamente unos Marlboro Light, aprovechando para calmarse un poco. Era la primera vez que tenía una cita a ciegas, y la verdad se sentía muy nerviosa y un poquito inquieta. Si bien no era demasiado bonita, tenía un cuerpo espectacular. Era alta, seguramente cerca del metro ochenta, y de exquisita flacura. Llevaba una remera blanca del grupo Pantera. Le ajustaba su pequeña cinturita, y permitía observar el trasluz del corpiño gris con push-up. Sus voluminosos pechos parecían ansiosos por rajar la ropa y salir a la luz. Llevaba un entallado Jean gris, que cuando se inclinaba en la mesa dejaba asomar por detrás una pequeña tanga fucsia. Lo único que podría haber impedido que ingresase al staff de Pancho Dotto, era su incipiente nariz. Si bien era bastante grande para el pequeño y delicado rostro, tampoco la hacía demasiado fea. Un piercing en el labio inferior, y un cutis ligeramente grasoso no ayudaban demasiado. De todas maneras, todo esto no impedía que fuera una chica muy hermosa. El pelo rubio, lacio, y cuidadosamente despeinado caía graciosamente sobre su mejilla izquierda.

Desde su mesa podía ver ambas puertas, por lo que no había manera de no ver al muchacho. Pasaron diez minutos, y estaba comenzando a arrepentirse. Es lo que pasa generalmente, cuando uno espera demasiado por algo. Se preguntaba que estaba haciendo allí, esperando por un completo desconocido al que ni siquiera le conocía la cara. “¿Tan desesperada estoy?” Se cuestionaba en voz alta una y otra vez, mientras sacaba su segundo cigarrillo de la cajita de diez.

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De repente apareció, dando un poco de paz a su revuelta cabeza. Desde su ubicación no parecía demasiado feo. Era un pibe grandote, de espalda ancha y bastante alto. Se lo había imaginado más pequeño. Aunque nunca fue al gimnasio ni practicó demasiados deportes en su adolescencia, tenía un cuerpo bien formado. La remera verde de John Deere le apretaba un poquito, dejando ver unos nutridos pectorales. También se podía apreciar una pequeña panza, seguramente fruto del alcohol, aunque nada demasiado preocupante. Le hizo señas con la mano y él la vio inmediatamente. Se acercó con paso un tanto inseguro, y dubitativo. La saludó con un beso en la mejilla y tomó asiento. Virginia le observó detenidamente la cara. Los dos se analizaron mutuamente, mientras el silencio reinó por algunos segundos que parecieron horas. Era evidente que se gustaban, eran dos chicos jóvenes y con bastante pinta. La charla comenzó tímidamente al principio, aunque paulatinamente fue amenizándose. Se contaron resumidamente la vida de cada uno, y como habían llegado a donde estaban.

 

Cada uno habló de sí, y llegó el punto de la charla en que hablaron de sus gustos. Buscaban secretamente algo en común, algo que los uniera. Él le comentó que escuchaba free jazz, pero ella prefería el heavy metal. Ella miraba los programas de televisión de Tinelli, Rial, y todo el puterío, mientras en ni siquiera tenía tele y se limitaba a la radio. Vicky adoraba la comida étnica, sin que Fede saliera de los panchos y las hamburguesas. Ella leía libros de auto ayuda, mientras él frecuentaba Bioy Casares, Borges y Becker. Aunque él solo salía de la cama para trabajar o hacer vitales mandados, ella se las arreglaba para hacer yoga, Pilates, correr y encima estudiar Letras. Los padres de Virginia tenían plata y vivían en Martínez, eran abogados retirados con varias propiedades en alquiler. La hacían trabajar  solo para que comprendiera el valor del dinero, y un poco también para que no estuviera tan al pedo. El gasto de todas sus actividades recreativas lo abonaban ellos. Era la típica conchetita rebelde, mientras él era un seco que estaba tiradísimo. Esa noche durmieron juntos. Hacía varios meses que ninguno de los dos tenía sexo, y aprovecharon para ponerse al día.

 

Aunque no tenían nada en común, cuando hablaban del trabajo había una conexión especial. Se quejaban de lo mal que sus jefes  los trataban, y de los chupamedias que abundan en cualquier laburo. Rezongaban por lo humillante de sus atuendos, de lo desagradable de la comida que vendían. Comentaban casi gozosamente las faltas de higiene y de respeto por los clientes, que se practicaban en la cocina. Compartían historias de viejas insoportables y tipos degenerados que frecuentaban su esquina. Había una muy pequeña cosa en común entre ellos, y de ella se aferraron. Se dieron cuenta que no hacía falta tener los mismos gustos, el mismo pasado, y ni siquiera los mismos hábitos para llevar una relación. Solo con compartir la desdicha, la miseria, y los deseos de salir de esa situación de mierda bastaban para mantenerlos juntos. Estuvieron de novio dos años, y ella se fue a vivir con Fede. Su pequeño departamentito, al recibir un poco de atención femenina mejoró notablemente y dejó de ser un agujero deprimente. Le pusieron cortinas, un cubrecama, y almohadones a las sillas. Un mantel a la mesa y un par de puff modernizaron el lugar. Algo de pintura también ayudó a alegrar el hábitat, aunque en realidad pasaban poco tiempo allí. Solo estaban en su morada a la noche, cuando ambos volvían de trabajar. Si bien los domingos no trabajaban, los aprovechaban para salir o para visitar a los padres de Virginia. A ella la habían cambiado de esquina, y ya no se veían durante la tarde. Indefectiblemente, todas las noches antes de la pasión hablaban de lo acontecido durante la jornada laboral. Tampoco se olvidaban de renegar de lo detestable que eran sus laburos, y de cuanto odiaban a sus encargados  y  clientes. Habían basado su noviazgo en el desprecio y la crítica a los demás.

 

 

Todo cambió cuando Vicky consiguió otro trabajo. Su madre la había contactado con una colega que necesitaba nueva secretaria, y allí entró ella. Paulatinamente comenzaron las asperezas. Ella gracias a su trabajo debió vestirse mejor, más formalmente, y esperaba lo mismo de su novio. Él en cambio, se negaba a gastar su miserable sueldo en algo tan superficial como ropa. Ya no era la misma, se sacó su piercing y comenzó a arreglarse el pelo. Gastaba mucho dinero en peluquería, manicura y maquillaje. Compró varias carteras de distinto tipo y tamaño. Pasaba media hora frente al espejo todas las mañanas antes de ir al estudio jurídico. Puesto que trabajaba solo las seis horas diarias, y no once como en su antiguo puesto de empanada, tenía mas tiempo libre. Paseaba e iba de compras varias veces. Se reunía con colegas del estudio en bares caros y restaurantes gourmet. Tenía amigos y vida social, a diferencia de él. No sabía absolutamente nada de arte, pero muchas veces la invitaban a muestras y exposiciones. Estaba rodeada de otro ambiente, otro glamour. Se codeaba con gente que al menos simulaba tener más estilo, más clase, y más sabiduría que un tipo que se vestía de pancho. Ya no lo extrañaba, estaba demasiado ocupada para esa cursilería. Dejaron de tener algo en común,  y ya no hablaban por las noches. Ya casi no se conocían, y pasaban semanas enteras sin que hicieran el amor.

 

Fede se dio cuenta que esa nueva mujer ya no era para él. No tenían un futuro juntos, ni siquiera un presente. Recapacitó durante muchas tardes, dentro de su acolchado escondite. Aprovechaba el tiempo de soledad en el traje para pensar. Finalmente tomó una decisión. No quería que se preocupara o llamara a la policía si él no aparecía. Dejó su trabajo, y abandonó la vida de Vicky. Olvidó su antigua vida y empezó una nueva, una mejor. Lejos de las cosas que lo lastimaban, que lo herían y lo hundían en un mar de degradación. Lejos de la prisión de goma espuma encontró un nuevo mundo. Un mundo que ya conocía,  pero que había olvidado.

 

Así como el hombre olvida lo feliz de su un infancia, atestado de problemas mundanos y alegrías maduras. Las alegrías siempre materiales de la vida adulta, que disuelven las primigenias en verdad importantes. Como un ciego que mediante una operación dolorosísima de cornea recupera la visión, se volvió a encontrar Federico Mancino con la vida pacífica del interior. Volvió a Las Toninas con sus padres, y consiguió trabajo con un carpintero artesanal del pueblo. El aire de la costa lo revitalizó. Se dio cuenta que jamás había sido tan feliz en su vida. Su lugar era ahí, donde siempre lo había sido. Recuperó lo que había perdido, lo que no tenía desde hacía tiempo. Paz, tranquilidad y libertad. Todo lo que en la capital no existe.

 

Estaba tan contento, que no le importó dejar un corazón sangrante en la gran ciudad. Un corazón que atravesaba las noches a fuerza de llanto y dolor. Que a pesar de los tres años que habían pasado desde la última vez que lo vio, no había podido retomar su vida. No podía volver a enamorarse, pese a los varios pretendientes que se le acercaban. Tipos importantes del estudio jurídico, asistentes y hasta algunos casados. Pero la pobre Virginia no dejaba entrar a nadie a su vida, no dejaría que nadie la lastime de nuevo.

 

Los dos siguen solteros hoy en día. Solamente que él es tan feliz en donde está, que no le importa. No necesita de nadie para apreciar lo bello de la vida. En cambio a ella, la soledad la está matando. Ahora  es una mujer muy segura de si misma, y fanática del trabajo. De rostro severo y actitud seria. Logró subir escalones en el bufete de abogados. Llegó a ser a la escasa edad de treinta y dos, secretaria del socio mayoritario. Estaba  avocada a ocultar sistemáticamente sus emociones, reprimirlas y finalmente callarlas.

 

Pero había un solo momento en que la señorita Massa volvía a ser Vicky. Un solo instante muy de vez en cuando, en el que no podía evitar que las lágrimas volvieran a surgir. Un segundo en el que no contenía su ansiedad, su temor. Un momento en que resurgía la adolescente rebelde que llevaba en su interior. Cada vez que Virginia veía un tipo disfrazado de pancho en una esquina, el pulso se le aceleraba de la emoción. Cruzaba la calle ansiosamente y se le acercaba. Disimuladamente pasaba varias veces por su lado, con la esperanza de que sea él. Con la  esperanza de al menos una palabra, un susurro, un “te amo”.

 

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De frente al mar
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Él le comentó que escuchaba free jazz, pero ella prefería el heavy metal. Ella miraba los programas de telebasura, mientras él ni tenía tele
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