#Musalove Story nº26 – I Concurso de relatos

Regalos romanticos

Relato nº26: La protagonista de mi propia pelicula

No es una historia común. Sé que todos pensamos eso mientras la vivimos, es la fábula personal del adolescente enamorado. Pero no es una historia cualquiera. Es amor. Ese sentimiento tan contradictorio que comienza y acaba sin previo aviso, que te hace volar y caer a una velocidad abrumadora y que siempre, sea como sea, se lo lleva todo a su paso.

 

Lo conocí de la manera menos enrevesada posible: en el instituto. El principio de las mejores historias parece trivial cuando se compara con el desarrollo o el desenlace. Esta no es diferente.

 

Fuimos amigos desde el primer momento, pronto comenzamos a compartir inquietudes, secretos y sueños. Nos sentíamos libres hablando con el otro porque una extraña sensación de comprensión nos invadía sin descanso.

 

Él, al que llamaremos G, estaba enamorado de una chica que jugaba a la “relación arbitraria”, también conocida como “ahora sí, ahora no, ahora sí, ahora no”. El corazón y la cabeza de G eran un laberinto que siempre le llevaba ante la misma puerta oscura y cerrada: él no tenía la llave que la abría.

 

Yo estaba enamorada (o eso creía) de un chico guapo que sabía que lo era. Tenía su corazoncito, sin ninguna duda, pero no lo usó conmigo. Mientras me decía “Te quiero”, le enviaba el mismo mensaje a dos chicas más.

 

No debemos olvidar que G y yo teníamos tan sólo dieciséis años, la vida nos era vista como Intensidad en el más amplio sentido de la palabra, y todo lo que acontecía por aquel entonces era lo más importante de nuestro minúsculo mundo.

 

 

Y pasaron los meses…

Golpe a golpe y verso a verso, parafraseando a Machado, G y yo nos convertimos en el pañuelo de lágrimas del otro, por lo que era de esperar que algún que otro sentimiento surgiera de nuestros pechos. Me gustaban las largas horas de conversación, la filosofía, los comentarios críticos hacia casi todo lo que veíamos diariamente y la complicidad. Sobre todo me gustaba sentir que me conocía mejor a mí misma gracias a él.

La excursión de fin de curso supuso un antes y un después en esta historia para nada común. Y reitero lo dicho porque estoy escribiendo mi vida, mi persona, y considero que a pesar de haber millones de páginas escritas de amor, como estas que están escritas con y no sólo de, ningunas.

Fuimos de viaje a París. El chico guapo que me quería a la vez que a otras me había dado un candado y tres llaves para colgarlo en el puente de los enamorados de esta ciudad francesa, ya que él no asistiría. Me sentía dolida, cansada de no encontrarme y harta de buscarlo sólo a él. Era una mala broma y la sonrisa que se dibujaba en mi rostro era amarga, como la sensación que me producía el pensar que ese chico pretendía que colgara como símbolo de amor un trozo de metal que no hacía más que atarme de pies y manos a él.

Cuando G se enteró estalló en cólera, ya que estaba al tanto de sus jueguecitos. Hizo el ademán de tirar el candado al río, pero lo paré.

Decidí deshacerme de las llaves primero y posteriormente del condenado candado. Así que mientras paseábamos con nuestros compañeros de clase por las calles de París, G y yo nos dispusimos a seleccionar los tres lugares idóneos para que esas llaves se quedaran para siempre. La primera fue depositada en una alcantarilla junto a Nôtre Dame, para demostrar que el amor de él no tenía nada que ver con la grandeza de la vida. Para mostrar que ese amor nunca estuvo a la altura y merecía quedarse al nivel al que se encontraría por los siglos de los siglos.

La segunda llave fue depositada en la caja de ofrendas de una iglesia cualquiera, para regalarle a ese Dios al que llaman “todopoderoso” el amor que nunca tuvo ningún poder.

Y por último, la tercera llave ahora reposa junto a los cadáveres más famosos de Francia, en el panteón. Que descanse en paz ese amor que nunca debió de nacer.

El final llegó cuando el candado que estando en mi temblorosa mano, sintió la mano de G sobre la mía y juntos, lo lanzamos al río sin mirar a dónde caía.

Me enamoré de G en un momento junto al Sena.

 

Siempre nos quedará París…

El cuento se acabó mucho antes de empezar. G volvió a salir con la chica que tantas lágrimas le había causado, y me pidió que me alejara por los celos que despertaba en ella. Tras ver nuestra amistad congelada como si en lugar de en junio nos encontráramos en pleno enero, decidí mantenerme al margen.

Para celebrar el final del curso algunos amigos y yo decidimos pasar un fin de semana en la casa de la playa que mi familia tenía por aquel entonces. A pesar de todo lo sucedido no dudé en invitar a G, ya que también eran sus amigos. Nerviosos por pasar la noche a la intemperie y en casetas de dormir, tras una jornada intensa en la playa, nos tumbamos en el fresco césped de la casa y comenzamos así la que sería la noche más oscura y clara de mi vida.

Hacía tiempo que G había terminado su relación con la chica (más bien fue al revés), pero seguía dolido por todo. Volvimos a comportarnos como antaño y parecía que la velada era más que encantadora, la noche brillaba a consecuencia de las estrellas y los ronquidos de nuestros amigos se palpaban en el ambiente. Sólo G y yo éramos testigos de aquella estampa. Cuando el sueño se estaba apoderando de mí, la realidad superó con creces cualquier intento de evadirla: Un beso.

Sincero, valiente por ser el primero. Un beso que sabía lo que arriesgaba, que conocía lo que ganaba. Un beso que acababa en un suspiro de resignación, al saber que no sería correspondido.

Un beso que se sorprendió de tener una respuesta, ese beso que se convirtió en muchos más, en pequeñas caricias entre dos labios, en susurros emitidos demasiado cerca. Un beso eterno y corto, efímero y largo. Besos sabor a miedo y ganas, besos encerrados durante meses enteros, besos que no pudieron aguantar más. Caricias que acompañaban a esos besos, que los hacían más sabrosos, más deseables.

Fue un beso feliz y necesario. Y fue G quién me lo dio a mí.

Después de la calma se avecina tormenta…

Hubo arrepentimientos. Miedos. Dolores agudos de pecho que no indicaban más que corazones rompiéndose. G y yo, yo y G. Me hacía daño saber que no me quería como yo a él, pensar que “no sabes lo que me odio por hacerte esto. No puedo empezar una relación contigo si no te quiero al 100%. No sería justo. Te mereces algo mejor”.

Dejamos de hablar durante algún tiempo. Era verano, tenía el sol y la sombra a mi favor. Lloré cada mañana al despertarme y cada noche al cerrar los ojos, porque no debemos olvidar que sólo tenía dieciséis años y que a esa edad cualquier fin del mundo parece El Fin Del Mundo.

En mitad de julio fui de viaje a Madrid a un concierto al que llevaba años queriendo asistir. Durante el trayecto en coche recibí su mensaje: “Te echo de menos. No puedo con la idea de que me olvidarás y aprenderás a vivir sin mí. Eres la mejor persona que he conocido en mi vida, no quiero perderte”.

Así fue como empezó nuestro segundo comienzo. Estar a más de 600 kilómetros nos unió de una manera que sólo el amor conoce; cerramos viejas heridas, abrimos puertas y ventanas nuevas, para que entrara todo el aire limpio a nuestra relación.

Cuando volví de Madrid volvimos a abrazarnos. Había extrañado tanto la sensación de estar protegida por sus brazos que supe que esa era mi casa. G me miró a los ojos y me hizo la pregunta que todos saben. Y yo di la respuesta que todos esperan.

Lo quería. Y él parecía seguro de quererme también. Nos arriesgamos aun temiendo lo peor. Nos arriesgamos, a pesar de ser dos cobardes con miedo a perderse. Y aún a día de hoy, me siento agradecida de aquella decisión.

Puntos suspensivos…

G estaba guapísimo en su traje de graduación. También en su primer día de universidad. Y en su primer suspenso. En su primera matrícula de honor. G estaba increíble siempre, y conmigo.

Han pasado algunos años y me sorprende mirar a G como el chico de ojos verdes que me protegía de todo aquél que me hacía daño, incluida su persona.

Recuerdo que cuando nos empezamos a conocer, me dio una lista de mí. Mis miedos, rarezas y yo, en general: “Eres adorable cuando te ilusionas y muy cariñosa cuando conectas con alguien. A veces piensas que eres inferior pero no lo eres, nunca lo eres. Te gusta que nadie sepa de ti, prefieres mantenerte en segundo plano como si fueras una actriz secundaria, sales en escena sólo para ayudar y no quieres ser la protagonista de tu propia película, por eso te gusta analizar al resto y quedar al margen.

” Nunca cuentas tus problemas, eres divertida, a veces golpeas a la gente y después no lo recuerdas. Te cuesta confiar en los demás, crees que nadie te querrá y que todo tiempo pasado fue mejor, pero algún día encontraremos a alguien que se enamore de nosotros por siempre, con los que tener hijos y que nos guste ver todas las mañanas. Estás en una edad complicada y aún no has encontrado a ese alguien que no sólo se enamore de ti, sino que te enamores de él tú también y sobre todo, que te haga quererte a ti misma por encima del resto”.

 

Quién le iba a decir a G que él sería ese alguien.

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La protagonista de mi propia película
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Eres adorable cuando te ilusionas y muy cariñosa cuando conectas con alguien. A veces piensas que eres inferior pero no lo eres, nunca lo eres.
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