#Musalove Story nº25 – I Concurso de relatos

Regalos romanticos

Relato nº25: La Dama de la Noche

El simple hecho de admirarla hace que mi estómago hierva y se revuelva, retorciéndose sobre sí mismo. No hay mariposas, pero sí un dolor intenso que se acrecienta cuanto más pienso en éste. El nerviosismo que se cierne sobre mí no se conforma con dominar mi interior, también se manifiesta de forma notable en mis manos, en mis dedos, en mis piernas, llevándolos a realizar movimientos inesperados, que se alejan por completo de toda normalidad; todo tiembla ante su presencia. El halo de luz clara que brilla alrededor de ella me parece hermoso, hermosísimo –tanto que no podría asegurar siquiera si es real o ilusorio. Llevo demasiado tiempo perdido en su rostro, ya todo me parece una ilusión, un mero sueño, una espEl simple hecho de admirarla hace que mi estómago hierva y se revuelva, retorciéndose sobre sí mismo. No hay mariposas, pero sí un dolor intenso que se acrecienta cuanto más pienso en éste. El nerviosismo que se cierne sobre mí no se conforma con dominar mi interior, también se manifiesta de forma notable en mis manos, en mis dedos, en mis piernas, llevándolos a realizar movimientos inesperados, que se alejan por completo de toda normalidad; todo tiembla ante su presencia. El halo de luz clara que brilla alrededor de ella me parece hermoso, hermosísimo –tanto que no podría asegurar siquiera si es real o ilusorio. Llevo demasiado tiempo perdido en su rostro, ya todo meparece una ilusión, un mero sueño, una esperanza, algo idílico que jamás podría existir. Sin embargo existe, y se encuentra ante mí en esta meliflua noche. Su rostro es tan sereno, desprende una sensación de paz, de armonía, que difícilmente podría ser igualado a otro. Sus imperfecciones son tan delicadas como la rosa en la que se posa una gota de rocío. Su rostro no tiene culpa de que estén ahí, pero aún así, las luce con soltura, con alegría, brillando allí donde va. Siendo más hermosa incluso con aquellos puntos imperfectos de su semblante que sin estos. Sus ojos, casi no soy capaz de distinguirlos. Son pequeños, fácilmente pueden pasar desapercibidos para un observador no experimentado, pero yo los veo, sí, y son de un color gris plateado realmente preciosos. Con su mirada es capaz de decir todo y de no decir nada, muestra un deje de misterio, que se ve aumentado con sus facciones perfectamente redondeadas y sus labios sellados en lo que parece un eterno silencio. Su faz es delicada, parece suave. Quiero tocarla y poder disfrutar de su cálido tacto. Pero me retengo, no me gustaría ser osado y desaprovechar la ocasión de conquistarla. Mantengo mi mirada fija en sus ojos, intentando escudriñar lo que sea que se esconde tras ellos, en vano, por supuesto. Es inteligente, de eso no hay duda. Y aunque no sonríe, seguro que es muy alegre y risueña.

 

 

Mis ojos se centran en su cabello, largo como si no tuviera fin, tan blanquecino que casi parece transparente, tan sedoso como la temprana piel del melocotón. A pesar de que se ha dado cuenta de que la observo no se inmuta, se mantiene perfectamente situada junto al ventanal del bello restaurante de Jaén en el que hemos coincidido. Permanece sentada en el alféizar, admirando el paisaje exterior, de vez en cuando girándose para localizar a aquellos que la adulan –porque, aunque odie reconocerlo, no soy yo el único consciente de su perfección en esta sala. Muchos la miran y babean, ¡malditos sean todos! Es consciente de su belleza, pero lejos de que esto la haga parecer ególatra y narcisista, la convierte en una persona completamente realista. Mantiene sus piernas, de seguro largas y preciosas, lejos del alcance de mi mirada, flotando en el aire al otro lado del ventanal.

Me reconcome la curiosidad de cómo será vista desde el otro lado; estoy incluso tentado de dejar la cena –que aún no he tocado- y bajar corriendo a la calle para admirar su hermosa figura desde otra perspectiva, alcanzando a vislumbrar ya de paso sus inacabables piernas.

 

El cielo nocturno, impregnado con cientos de puntos brillantes, no le hace competencia a la mujer de la que hablo, porque la belleza de ésta es más pura que la de todas las estrellas juntas. Es mucho más cercana, más real. Juraría que hay momentos en los que me observa directamente a mí, instantes en los que se complace al verme, en los que me sonríe, de hecho. Es extraño, es como si se hubiera establecido entre nosotros una especie de conexión que jamás se rompería. No diré amor, es pronto para atreverme a formular esa soberana palabra, pero sí que es un sentimiento intenso lo que ambos compartimos. Estoy seguro de que nuestra unión no será efímera ni mucho menos; durará, y durará mucho, tanto como ella la prolongue. Si tengo suerte quizás sea para siempre, quizás nunca culmine esta relación que se entrevé por el marco del ventanal en el que se encuentra.

 

Agradezco tantísimo haber decidido pasar este fin de semana en Jaén… De otra forma, probablemente, jamás hubiera conocido al que me atrevo de catalogar como mi mayor flechazo hasta le fecha.

Varios violines comienzan a sonar, seguidos de algún que otro chelo. El restaurante, de pronto, se inunda con una música exquisita que acompaña a los enamorados en sus cenas. Me gustaría levantarme y sentarme en el alféizar junto a ella, que compartamos un soufflé de limón, que bailemos al son de la orquesta de cuerda, que nos besemos bajo la atenta mirada de las estrellas que brillan esta noche. Pero no lo hago, me limito a contar las baldosas que nos separan y maldecir a todas y cada una de ellas. Ni siquiera me molesto en mirar al camarero cuanto este viene a preguntarme si deseo que me retiren el plato –Un filete de ternera, muy hecho, que ahora está frío, al igual que lo estarán los pies de mi amada, seguro desnudos, azotados por la brisa que corre esta noche-, me limito a hacerle un gesto con la mano para que se lo lleve.

 

-¿Desea algo más? -Me pregunta con educación.

 

-No -Le respondo con seriedad, sin despegar la vista de la hermosa dama que ahora llena mi mente, embauca mis sentidos y adormece mi razón.

 

Ardo en deseos de conocer el nombre de esa mujer, de saber al menos cómo se llama para poder hablarle en sueños. En este restaurante elegante, sofisticado y sobre todo caro en el que me hallo, llevan un estricto seguimiento de sus clientes, la mayoría habituales –aunque no es mi caso-, por lo que decido llamar al camarero para que se acerque a mi mesa de nuevo. Esta vez aparto la mirada del retrato que me tiene embobado y le miro directamente a los ojos.

 

-¿Sí? ¿Qué desea?

 

-Deseo, si es tan amable, que me revele el nombre de aquella bella dama -Señalo con el dedo, siendo todo lo sutil que me permite el inadecuado gesto, en dirección al ventanal.

 

-¿A quién se refiere, señor? En la mesa de ahí se encuentran el señor y la señora Dustin

-El joven imberbe me indica, con un movimiento de cabeza, la mesa que hay a la derecha de la gran ventana, y yo niego varias veces.

 

-No, no. Me refiero a aquella dama, la que se encuentra apostada en el alféizar -Ante la mirada atónita del camarero, decido darle más detalles-. Aquella mujer de rostro pálido, mirada profunda, pelo claro, semblante sereno, tez brillante. ¿Es que acaso sufre usted de problemas de visión, joven? -El hombre contempla a mi amada, pero parece no verla. La está mirando justamente a los ojos, y ella le mira él, pero este no se da cuenta.

 

-¿Qué le pasa? ¿Va a decirme el nombre o tendré que suplicarle? No tengo toda la noche.

 

Intento frenar las ganas que tengo de gritarle al incompetente trabajador vestido de chaqué, no quiero que ella crea que soy un lunático sin modales. Y si algo me sobra, precisamente, son modales y educación, así que espero pacientemente a que el hombre me diga lo que por su cabeza está rondando. ¿Tantos nombres recuerda que no lo encuentra en su memoria? Cuando por fin parece que va a pronunciar alguna palabra, vuelve a cerrar sus labios de nuevo.

 

-Señor, eso a lo que usted llama dama, no es ninguna mujer -Sus palabras me desconciertan, y la furia comienza a hacerse patente en mí.

 

-¿Y qué es entonces, alocado? -Le pregunto elevando bastante mi tono de voz.

 

-Es la Luna, señor.

-No, no. Me refiero a aquella dama, la que se encuentra apostada en el alféizar -Ante la mirada atónita del camarero, decido darle más detalles-.

 

Aquella mujer de rostro pálido, mirada profunda, pelo claro, semblante sereno, tez brillante. ¿Es que acaso sufre usted de problemas de visión, joven?

 

-El hombre contempla a mi amada, pero parece no verla. La está mirando justamente a los ojos, y ella le mira él, pero este no se da cuenta.

 

-¿Qué le pasa? ¿Va a decirme el nombre o tendré que suplicarle? No tengo toda la noche. Intento frenar las ganas que tengo de gritarle al incompetente trabajador vestido de chaqué, no quiero que ella crea que soy un lunático sin modales.

 

Y si algo me sobra, precisamente, son modales y educación, así que espero pacientemente a que el hombre me diga lo que por su cabeza está rondando. ¿Tantos nombres recuerda que no lo encuentra en su memoria? Cuando por fin parece que va a pronunciar alguna palabra, vuelve a cerrar sus labios de nuevo.

 

-Señor, eso a lo que usted llama dama, no es ninguna mujer -Sus palabras me desconciertan, y la furia comienza a hacerse patente en mí. -¿Y qué es entonces, alocado? -Le pregunto elevando bastante mi tono de voz.

 

-Es la Luna, señor.

 

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La dama de la noche
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Intento frenar las ganas que tengo de gritarle al incompetente trabajador vestido de chaqué, no quiero que ella crea que soy un lunático sin modales. Y si algo me sobra, precisamente, son modales y educación, así que espero pacientemente a que el hombre me diga lo que por su cabeza está rondando.
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