#Musalove Story nº42 – I Concurso de relatos

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Relato nº42: De  Amor y tinta

Jórnoles Comarca de Matarraña. Diciembre  de 1930

 

Cae la lluvia de diciembre, dócil, en los sobradillos de tejas y las paredes del pueblo, sobre la parroquia y la plaza. Se ha llenado el suelo terroso de charcos, azogues de bronce que quieren remedar la villa con su alma líquida. Las bestias que llegan al molino vienen de la finca de don Octavio, suspendidas las labores ese día por la borrasca. Olisquean los animales el fango. Traen el pelaje empapado y los serones de esparto chorreando, cargados de aceitunas. Los hombres alivian el peso de las acémilas allí, pues el señor nunca ha molturado la aceituna en “Los Cernícalos”, su propiedad, sino en el molino de Manuel Pardales, un primo suyo que hace un buen trabajo y le cobra un precio justo.

Pero no es solo el día el que está gris. En la casa del marqués de Guarnizo se ciernen semanas tan enlutadas como el cielo que cubre Fórnoles. Mientras los hombres del campo descargan los capachos, don Octavio de la Maza desgrana entre ayes apenas bisbisados y la tos, sus últimas horas en este mundo. Hasta que, a duras penas, el hacendado da la orden de que solo su esposa permanezca junto a él en el momento de su partida, rodean el catre donde está postrado, su hermano mayor, Felipe; su primo Manuel, su ama de llaves Ana; y un triste Juan Carlos Mengíbar, su hombre de confianza, quien a pesar de su aspecto rudo, con aquella barba de una semana y los ojos azules, se traga las lágrimas como quien se echa al gaznate un bebedizo de hiel y ortigas.

Sale en silencio, racheando los pies, la gente más cercana al noble. A la señora, aquel sonido le recuerda el paso de los cargadores sacando el Santo Entierro, en Zaragoza, la tierra de sus abuelos.

Ha fijado doña Carmen sus ojos en el último hombre que abandona la alcoba, Juan Carlos, a quien vio por primera vez cuando apenas era un muchacho.

De amor y tinta

Mengíbar hacía lo mismo la aceituna que la vendimia, o se agachaba en los cebadales para ganarse el sustento.

Siempre que la veía varear observaba, con una mezcla de deseo y curiosidad, sus brazos delgados y sus redondeces, aunque lo hacía cuando cabreaba en busca de las aceitunas más pequeñas, sin que nadie se percatara de que miraba a la joven. Él tenía entonces diecisiete años, había nacido en Calaceite; ella, de quince años, era de Monreal del Campo.

Aquellos encuentros solo se daban en los olivares del señor marqués o en los campos de cebada y trigo de don Nicanor, un cabronazo con muy mala baba que no tenía nada que ver con el talante amable y justo de don Octavio.

Apenas cruzaban los dos jóvenes algún saludo al empezar la jornada de cada día, consciente, él, de que no era el campo lugar para cortejos; y ella distante por la frialdad y las maneras toscas del joven, quien en media docena de veces le pidió noviazgo y en media docena obtuvo un no rotundo de la muchacha.

Además estaba la madre de Carmencita —así conocían todos a la niña en aquellos años—, que no dejaba que desviara la vista de la vara, los lienzos o la criba. Buena era, doña Francisca. Y su padre, aún peor, que para colmo tampoco le tenía al muchacho mucha simpatía.

Y Juan Carlos… Juan Carlos era un algarrobo, de tan recio. Poco hablador, iba del campo al chamizo donde vivía solo, pues era huérfano desde los doce años, aunque se las arregló siempre para llevarse un chusco y un cuenco de farinetas al estómago. Tampoco le faltaron nunca las perras para cambiar de camisa si la vieja terminaba ajada y raída. Tomaba el camino y a pie o sobre una burra prestada iba Alcañiz, donde compraba cebo, velas y cualquier cosa que se le ofreciera, incluidos muchos libros que leía con avidez hasta que el sueño le vencía.

“Tonto te vas a quedar con tanta novela”, solían decirle los compañeros de cuadrilla, pero él no hacía caso.

Salvo a Carmencita, jamás dijo a nadie que pasaba las noches pensando en la muchacha desde que la vio por primera vez. Anhelaba las manos encalladas de la niña, sus brazos tostados por el sol del campo. Recordaba cada rizo de su cabello oscuro, el verde de sus ojos, su talle y los churretes que recorrían su cara. Y en silencio, en la parquedad de sus palabras y en la soledad que la vida le entregó como un regalo infame, sin miradas que delataran lo que el corazón decía a gritos, el jornalero la amó siempre, mas la jornalera, por contra, siempre lo rechazó.

Por eso, la mañana que el marqués paseaba como solía, en solitario, por su olivar y se quedó observando a Carmencita, a Juan Carlos se le calentó la sangre como los peroles donde se hace la caldereta. Y le hirvieron las entrañas cuando se acercó a él y le preguntó si sabía cómo se llamaba aquella hermosura de ojos verdes.

—¿Es nueva en la cuadrilla, Juan Carlos?

—Uno meses lleva en el campo, señor marqués; entre la aceituna y las tierras de don Nicanor. Carmencita se llama.

Don Octavio se rascó un instante la barbilla y sonrió.

—¡Ah, sí, caramba. La hija de Castillo y Francisca! —dijo avergonzado de su despiste—. ¡Pues sí que es bonita la niña! ¿No te parece? —le preguntó dándole un afectuoso golpe en el hombro para proseguir su caminar ya de vuelta al cortijo.

Allí quedó Juan Carlos con la gorra entre las manos, estrujándola como hubiese estrujado en ese momento el cuello de su señor, aunque no lo mereciera en absoluto, porque aquello no era más que un desbocado arrebato de celos.

*****

Es al menos quince años mayor que Carmencita. Apuesto y amable, no lo niego, pero, ¿cómo va una jornalera a querer nada con don Octavio? Porque es un hombre recto, el marqués. A carta cabal. Eso lo saben aquí y en Las Américas. No va de catre en catre, ni asaltando hembras por los establos. ¡Ay!, ¿y si el señor se ha enamorado de la niña?

Aquello pensó, una y otra vez, el muchacho, la piel destemplada, la garganta ardiendo y el corazón galopando por un prado de inquietud y de zozobra, hasta que se durmió en brazos de Morfeo, que hacerlo en los de Carmencita no era, bien lo sabía él, más que una quimera.

Quimera que se hizo ya palpable cuando don Octavio volvió a detenerse donde estaba la chiquilla en los siguientes siete días de diciembre. Una semana en la que el marqués ignoró los cuchicheos, y una semana en los que la jornalera comenzó a sentir que el cuerpo le ardía cuando el marqués aparecía por el olivar, en apariencia, paseando como en cualquier otra mañana.

Pero era el marqués de Guarnizo, en efecto, hombre recto de moral y de costumbre, lo mismo que sus difuntos padres, y buscó la manera de enamorar a la niña sin abusar del inmenso poder que sobre sus peones le daba el dinero, sus tierras y su título.

 

—La carta, Carmencita, ¿la guardas donde siempre…?

La voz apagada de su marido hace que doña Carmen aparte la mirada de la puerta por donde ha salido Juan Carlos. Aquellas palabras la sacan de su ensimismamiento para devolverle a la dura realidad de una alcoba que hiede ya a muerte, por más que la ventana esté abierta, y por mucha agua de colonia que empape varios pañuelos repartidos por la estancia.

—¿La carta? —repite a duras penas tomando la mano de su marido—. Claro, en el cofre, donde mis alhajas.

—¿Querrías… Serías tan amable de leérmela, Carmencita? —le pide llamándola de la misma forma que treinta años atrás.

Doña Carmen suelta momentáneamente la mano de su marido y gira la cabeza para mirar el estante sobre el que reposa una arquilla de carey que atesora joyas y un sobre que el tiempo ha amarilleado. Luego la mujer se levanta de la silla donde está sentada, se acerca al mueble y abre el cofre.

—¿Quieres… quieres que te la lea, entonces? —La esposa del marqués pregunta aquello con el baulillo en las manos, mientras regresa al asiento con los ojos empañados.

—Sí, con ella te enamoraste de mí. Tengo que contarte algo sobre… Pero antes… antes léemela, te lo ruego —se interrumpe el marqués, presa del ahogo.

Traga saliva la esposa, busca esa esquela y la saca del sobre que aún retiene, milagrosamente, el lejano aroma de la flor de lavanda seca que hay guardada entre los pliegos de papel. La carta está fechada un 16 de diciembre de 1899, y conserva el trazo elegante de don Octavio, los renglones derechos, la caligrafía impecable…

Doña Carmen carraspea, toma la mano de su esposo y, casi en un susurro, lee:

 

 

En Fórnoles , a 16 de diciembre de 1900

Mi querida Carmen:

Créame usted que me ha costado mucho empezar esta carta, sin saber aún si hago lo correcto al escribírsela, al hacérsela llegar. Pero he pasado todas las noches en vela desde que la vi trabajando en el olivar. Me tienen sin sueño sus ojos, el color tostado de su piel y los rizos de su pelo.

No hay mañana en la que no piense en usted nada más despuntar el día. Sí, ya sé que le sonará extraño, pero no la veo solo vareando, sino en cualquier rincón del cortijo, en la fuente o la parroquia… Y es extraño. Es extraño cómo se me acelera el corazón cuando la veo, cuando la imagino conmigo, a salvo de las miradas y de rumores. Es entonces cuando la piel me arde y la boca se me seca. Pido a Dios entonces beber de sus labios, saciar mi sed con sus besos. Debe perdonarme, pero me ha arrebatado usted la cordura, ha incendiado mi alma con lo que veo, pero también con lo que imagino. Yo quisiera, Carmencita, tenerla a mi lado siempre, hasta la hora de mi muerte, preguntándome si no es en realidad morir en vida el no tenerla.

No quiero entretenerla más. Solo le ruego… yo le ruego que guarde silencio si esta carta le ofendió, y que la queme una vez sepa de su contenido. Si por mí fuera le estaría escribiendo todos los días, todas las horas de todos los días de mi vida, pero prefiero callar ahora, acabar estas líneas y pensar en usted.

Atentamente,

Octavio.

Se ha templado la mano del marqués mientras doña Carmen —que sucumbió a esa carta que don Octavio le envió con Juan Carlos Mengíbar haciendo de correo— sabe que su esposo ya ha fallecido. Despacio, con los ojos arrasados por las lágrimas, abre la puerta de la alcoba, y, con su serenidad habitual, todavía con la carta en la mano, anuncia la muerte de su esposo. Luego guarda la misiva en el sobre  y recibe los primeros pésames mientras la casa entera se cubre con el velo gris del silencio y de la ausencia.

Epílogo

En el cortijo “Los Cernícalos”

16 de diciembre de 1899

 

Juan Carlos Mengíbar se ha puesto una camisa impoluta, se ha aseado un poco y aparece por el enorme salón donde el marqués le espera sentado junto a una enorme chimenea. El jornalero está asustado: don Octavio está delante de una mesa, hay recado de escribir y papeles.

—Buenas noches tenga usted, señor marqués. ¿Me ha mandado llamar?

—Buenas noches, Juan Carlos. Así es. Vamos, acércate, muchacho.

—¿He… he hecho algo mal, señor? ¿Va usted a despedirme? —razona, trémulo.

Don Octavio frunce el ceño y suelta la pluma estilográfica con cuidado.

—¿Qué disparate es ese? No, hombre, no. Ven de una santa vez.

El hacendado le explica al jornalero, no sin cierto rubor, que no confía demasiado en la gente del servicio, y que ha pensando en él para su propósito de conquistar a Carmencita, a la que ama desde el primer momento que la vio. El joven traga saliva y maldice de pensamiento, pero solo asiente con la cabeza para terminar con un: lo que usted diga, señor.

—Me han dicho que sabes leer. ¿Es eso cierto?

—Sí… sí sé leer, señor.

—Estupendo. Atiende, entonces, a lo que voy a contarte.

El hombre explica a su empleado que lo que quiere es que le haga llegar la carta que está escribiendo a Carmencita de forma discreta, pero como supone que es analfabeta, además de entregarle la esquela, se la puede leer en voz alta, donde nadie los vea.

—¿Yo, señor? —balbucea el muchacho a medio camino entre la ira y la incredulidad.

El marqués, ajeno a los sentimientos del joven jornalero, le dice que sí, que quiere confiar en él, y que a cambio lo va sacar del campo para que entre a su servicio en la casa.

—Pero… No es necesario, señor. Yo no estoy mal en…

—No se hable más, muchacho. Hay cuartos de sobra en la zona para la servidumbre. No quiero que vivas más en esa barraca. Seguirás a mis órdenes, pero haciendo otras labores. ¿Te parece bien? Eso sí, te pido por lo que más quieras fidelidad y discreción. Esto es un pacto entre caballeros. Nada de esto debe saberse jamás. ¿De acuerdo?

Juan Carlos vuelve a decir que sí, con la frente perlada de gotas de sudor y la respiración agitada como la de un galgo después de correr tras una liebre.

—La cuestión, señor mío, es que solo llevo una línea. Se me agolpan las palabras, las cosas que quiero decirle, pero soy absolutamente incapaz de escribirlas con un mínimo de sentido y de orden, por muy absurdo que parezca —confiesa don Octavio señalando brevemente una cesta de mimbre colmada de cuartillas arrugadas.

—Entiendo —musita el empleado.

—Dime. ¿Tienes novia?

—No, no señor.

—Pero te gustará alguna del pueblo…

Juan Carlos se encoge de hombros y se le vienen a la cabeza, como un cañonazo, todas las negativas de la muchacha.

—A ver. Piensa por un momento en la mujer más hermosa del mundo, en la que darías por ella tu vida entera. Piensa eso y cuéntame, ¿qué le dirías si tuvieras que escribirle tú?

El muchacho parece relajarse. Un brillo renovado enciende su mirada de ojos azules. Luego pide permiso para sentarse, suspira y hasta acepta la copa de brandy que el marqués le ofrece. Después de echársela al coleto de un trago, comienza a hablar:

Créame usted que me ha costado mucho empezar esta carta, sin saber aún si hago lo correcto al escribírsela, al hacérsela llegar. Pero he pasado todas las noches en vela desde que la vi por primera vez trabajando en el olivar. Me tienen sin sueño sus ojos, el color tostado de su piel y los rizos de su pelo.

No hay mañana en la que no piense en usted nada más despuntar el día…

Toma nota don Octavio, entusiasmado ante las palabras de su joven empleado. Escribe con los ojos sobre el papel, sin levantar la cabeza.

—… Yo quisiera, Carmencita, tenerla a mi lado siempre, —termina el chico— hasta la hora de mi muerte, preguntándome si no es en realidad morir en vida el no tenerla.

Juan Carlos dice aquello y se siente morir.

Don Octavio de la Maza, marqués de Guarnizo, feliz, escribe. El jornalero, en silencio, se enjuga las lágrimas en las mangas de su camisa limpia.

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De amor y tinta
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No hay mañana en la que no piense en usted nada más despuntar el día. Sí, ya sé que le sonará extraño, pero no la veo solo vareando, sino en cualquier rincón del cortijo, en la fuente o la parroquia… Y es extraño.
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