#Musalove Story nº43 – I Concurso de relatos

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Relato nº:43. El olvido, la penumbra y la memoria.

Pozopiedras. Andalucía La Baja 2016

 
Se conservan, sin embargo, la fachada de madera y la puerta de nogal, lo mismo que el mobiliario y el mostrador, a pesar del tiempo transcurrido.l cristal biselado en las esquinas con el nombre de la cafetería y pastelería no es el mismo que todas las mañanas, sin falta, limpió durante años doña Hermenegilda, su propietaria, a esa hora en que la villa solía ser un alma de calles vacías y sombras nocturnas que se batían en retirada. Tampoco el pequeño toldo es el que siempre daba sombra y fresco a la terraza en las tardes del estío, aunque el que hoy preside la entrada del local le da un aire parecido al de entonces, con sus rayas verticales y el nombre del negocio en el faldón “Café La Sultana. Casa Fundada en 1915”.

Pero hoy, a Lucía, sentada en su silla de ruedas, la visión de la confitería no le alcanza para recuerdos; si acaso algún retazo de un tiempo que los años se han ido encargando de emborronar con paciencia, para dejar apenas huellas de aquel amor retenido en la ya frágil red de su desmemoria.

 

El olvido, la penumbra y la memoria

Pozopiedras. 1966

 

—¿Lo de siempre, Manolito? —Lucía lo llamaba así desde que lo conoció en el colegio, y aunque el joven le corregía siempre que iba a comprar los milhojas, la muchacha volvía a dirigirse a él con el diminutivo, a pesar de que los dos tenían la misma edad: catorce años.

—Lo de siempre: milhojas de crema —repetía Manuel todas las tardes que iba a “La Sultana” a buscar la merienda para su abuelo—. Y a ver si no me llamas Manolito: ya no llevo pantalones cortos y hace mucho que dejé atrás el colegio.

—Pues lo mismo que yo, mendrugo. Pero a mí me gusta llamarte así: Manolito.

—Y dale.

Reía Lucía mientras ponía el dulce sobre una pequeña bandeja de cartón. A Manuel se le aceleraba el corazón al ver aquella perfecta hilera de dientes blancos, el boquetito en las mejillas y los ojos verdes y grandes, con el mismo brillo que dos piedras de malaquita. Sentía el pecho arder al ver sus manos delicadas manejando el envoltorio, cerrando con un lazo fino y amarillo el paquete. Todas las tardes lo mismo, todas las tardes distinto.

—¿Vendrás mañana?

—Claro —contestaba Manuel con el corazón en un puño, haciéndose ilusiones ante aquella pregunta.

Después de salir de la cafetería, en su imaginario, Manuel vivía, cerrando los ojos, el momento en que Lucía salía de trabajar, libre del mandil que abrazaba durante horas su cuerpo de mujer recién nacida. Pensaba en las palabras que elegiría, en que podría al fin, lejos de las miradas de la gente, rozar su mano. Y soñaba con un beso de la muchacha, tan dulce como ese milhojas.

En la oscuridad de sus párpados cerrados anhelaba verse con ella cerca del río donde, siendo niños, junto a los otros chiquillos, se bañaban cuando el calor hacía cantar las chicharras, vestía el viento de fuego y desdibujaba el ardimiento del horizonte bajo el peso de sol.

Aquel verano de 1966 iba a ser diferente. Manuel daría el paso: se atrevería a tomar por fin de la mano a la muchacha y contarle que la amaba —aunque entonces ni siquiera él lo supiera— desde que la vio por primera vez sentada en el pupitre de la escuela, los carrillos arrebolados, las manos sobre las rodillas y los ojos verdes puestos en la puerta de la escuela, esperando un rescate maternal que la sacara de allí.

Fue un miércoles, durante las fiestas del pueblo. Pero no. No bailaron en la plaza, como los otros vecinos, a la luz de los farolillos, bajo una bóveda tachonada de estrellas y luceros. Discretamente, Manuel se llevó a Lucía de allí y bailaron, sí, pero lejos de la vista de todos; la música amortiguada por la distancia y el eco líquido del río cercano poniendo sonidos a un amor que florecía en la noche.

Primero una mano, luego la otra, el muchacho rodeó el universo breve de la cintura de la niña de sus ojos. Y así, con el corazón desbocado la miró. Luego giraron despacio, al son de la música; los pies descalzos sobre la hierba fresca, la mirada clavada el uno en el otro, la piel trémula y ninguna otra palabra que el silencio hasta que Lucía habló:

—Lo sé todo, Manolito.

—No me llames…

—Sé —le interrumpió ella— lo de tu abuelo. No le gustan los milhojas, ni los dulces.

Manuel tragó saliva con mil esfuerzos, sin saber si aquello era bueno o no.

—Vienes a verme a mí. ¿Verdad?

—Claro —balbuceó a duras penas el muchacho sin soltarse de la muchacha.

Todo lo que tenía que decirle, todo lo que iba a confesarle, todas las palabras con las que quería explicarle su amor por ella, se deshicieron como un azucarillo.

Se le olvidó todo. Se ahogaron las frases en aquel mar verde de sus ojos, en la barbilla y los labios de Lucía.

Luego… luego no hace falta explicar más. No hubo más que un beso tierno, corto y, por supuesto, dulce. Volvieron después al baile, la colonia de Manuel en las manos de Lucía, el olor a azahar en las manos de Manuel y un camino que, cincuenta años después continuaba.

Epílogo

 

Un par de gorriones se acercan a picar del suelo las migas de los dulces y pastelillos. Es una tarde de cielo azul y algunas nubes donde, a veces, el sol se oculta, tímido. El pueblo, envuelto en el aire fresco, ve las horas pasar sin prisas. Sentado en la terraza observo a los pájaros hacerse con su botín, emprender el vuelo y volver al poco. Sobre nuestra mesa hay una tarta de manzanas, un mil hojas que he cortado en trozos pequeños y dos cafés descafeinados.

El azúcar glas le mancha la comisura de los labios. Ella pone su vista en un punto indeterminado mientras le acerco un pedacito de milhojas, sentados en la terraza de “La Sultana”. Es entonces cuando la oscuridad de su enfermedad parece huir. Recupera por un momento el brillo de su mar de ojos verdes, aquel en el que mis palabras de amor naufragaron aquella noche de verano, cerca del río.

Despacio, deshace con el paladar el bocado que le doy. «Manolito», dice apretando mi mano, rompiendo su silencio. Yo le sonrío y le quito con cuidado el azúcar con una servilleta de papel. Entonces vuelve Lucía a sumirse en la penumbra de su olvido mientras le digo, besándola en la frente, que no me llame así.

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El olvido la penumbra y la memoria
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El azúcar glas le mancha la comisura de los labios. Ella pone su vista en un punto indeterminado mientras le acerco un pedacito de milhojas
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