#Musalove Story nº51 – I Concurso de relatos

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Relato nº51: La pieza que andábamos buscando

Quise saber qué era el amor. Aquella utopía de la que tanto había oído hablar, que me rodeaba aunque de forma intangible y que se representaba como sinónimo de felicidad absoluta. Aquello por lo que escriben los poetas, sobre lo que tratan mis canciones preferidas y con lo que todos hemos soñado una vez. Aquello que nos motiva, que nos da alas, que nos empuja a vivir.

Conocí a  Mario en el primer año de Universidad. Los dos estudiábamos Periodismo en Barcelona; yo acababa de llegar allí y estaba un poco perdida, cuando lo vi por primera vez. Él pareció darse cuenta; se dirigió hacia mí preguntándome si me llamaba Inés. Me reí y le dije que no; me contestó que me pegaba ese nombre, y me preguntó si necesitaba algo. Me guio hasta la biblioteca, donde supuestamente él también tenía que ir, y acabamos tomando un café en el bar de enfrente del centro.

Quise saber qué era en realidad el amor.

Es increíble lo bien que congeniamos, siendo tan diferentes cómo éramos, y lo rápido que cogimos confianza. Descubrimos que vivíamos bastante cerca, aunque estábamos seguros de que no nos habíamos visto antes. Coincidíamos en varias clases y yo le llevaba todos los días a la Universidad, ya que él todavía no tenía todavía carnet de conducir. Hablábamos de qué queríamos hacer en la vida, construíamos nuestros castillos en el aire. Así, sin darnos cuenta, acabamos estando juntos siempre que teníamos ocasión.

Quise saber cómo sabía el amor, lo increíblemente dulce y amargo a la vez que es.

Y ocurrió lo que me había imaginado la primera vez que lo había visto en aquel pasillo, por lo que suspiraba todas las noches antes de dormir… Un día, me cogió de la mano, nos sonreímos y no hubo que decir nada más. El tiempo en la Universidad pasó volando, antes de que nos diéramos cuenta. Él comenzó a trabajar poco después en un periódico y a mí me contrataron cómo locutora de radio. Un año después, nos mudamos a un pisito juntos, en el centro de la ciudad.

Quise saber cómo siente uno esa alegría de los músculos, como decía un poeta.

Juntos viajamos a mil lugares, reímos, salimos a bailar con nuestros amigos, hicimos todo aquello que siempre habíamos querido hacer, y vimos cómo algunos de nuestros castillos en el aire se cumplían. Nos casamos unos años después; ninguno estábamos demasiado a favor del matrimonio, supongo que simplemente queríamos contentar a nuestras familias y aprovechar para celebrar algo, que nunca está de más. Poco después, compramos una casa en un pueblo a las afueras de Barcelona, en un ambiente más tranquilo. Y, sobre todo, fuimos (y somos) felices.

Quise saber cómo huele el amor, y experimentar también, de vez en cuando, como duele.

La noticia de tu llegada fue la más hermosa y dulce que recibí nunca; quizá porque fue una sorpresa, pues nadie te esperaba. Y sin embargo, llegaste en un momento en el que nos hacías mucha falta. No es que los días no estuvieran llenos, pero hoy creo que nos sería imposible imaginar uno sin ti.  Teníamos tantas ganas de que llegaras, tantas, que los días se deslizaban perezosamente en el calendario.

Desde pequeña, tuve la dulce pretensión de querer saber qué era el amor.

Aquel día me marcó para siempre. Por fin ésos nueve meses pasaron, y Mario y yo te tuvimos entre nuestros brazos por primera vez. Eras justo cómo te imaginábamos, nuestra Inés. Ya está el rompecabezas acabado, fuiste la pieza que andábamos buscando.

Quise saber qué era el amor y fue entonces, ese día, cuando lo descubrí.

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La pieza que andábamos buscando
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Él pareció darse cuenta; se dirigió hacia mí preguntándome si me llamaba Inés. Me reí y le dije que no; me contestó que me pegaba ese nombre, y me preguntó si necesitaba algo.
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