#Musalove Story nº59 – I Concurso de relatos

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Relato nº59: Ryanair FR3028

“Te puedes quedar en el asiento de la ventanilla. De todas maneras, me da miedo volar y no puedo ni mirar por ella”.

Son las primeras palabras que le dediqué al amor de mi vida. Por desgracia, se las tuve que repetir en alemán porque no me entendió absolutamente nada.

Ryanair, ruta Bremen/Madrid, 16.30 de la tarde del veinticinco de julio. Un chico moreno de ojos claros me ha quitado el asiento de la ventanilla. El avión va lleno, es finales de julio y todos los alemanes, como él, van en estampida a pasar las vacaciones a España. Yo también salía escopetada a pasar unas semanas en mi León natal, con mi familia y mis amigos, que es lo que más echo de menos de la vida de exiliada.

El motor del avión arranca y me va destrozando los nervios. Odio volar con toda mi alma. El avión recorre despacio el asfalto hasta la pista de aterrizaje. “¡Qué bien hablas alemán!”, me dice el chico de los ojos claros. Me giro y me miro. “Gracias, es que llevo aquí ya casi siete años trabajando en Hannover”, contesto. “¿Ah sí? ¿de qué?”. “Soy profesora de español”. El avión se alinea con la pista de despegue. Tripulación lista para despegar. “¿Y tú? ¿de qué trabajas?”, le pregunto. Intento concentrarme en la conversación con el chico de al lado. Parece majo. “Soy ingeniero, trabajo para Airbus”, dice. “¡No me digas!¡qué casualidad! A mi me da pavor ir en avión… Entonces vives aquí en Bremen, ¿verdad?”

“Sí. Claro”. “¿Sabes? Me voy a mudar a Bremen a finales de verano, me ha salido un trabajo en un colegio nuevo a las afueras de Bremen”. “¿En serio?” El chico sonríe.

El avión acelera de golpe y yo me quiero morir. “Por favor, ¿te importa que te coja de la mano mientras despegamos?” El que va a ser el amor de mi vida me coge de la mano. Le sudan un poco, igual que a mí. Tomamos altura. Estamos en el aire. “Por cierto, me llamo Ana, ¿y tú?”

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El avión recorre despacio el asfalto hasta la pista de aterrizaje. “¡Qué bien hablas alemán!”, me dice el chico de los ojos claros. Me giro y me miro. “Gracias, es que llevo aquí ya casi siete años trabajando en Hannover”, contesto. “¿Ah sí? ¿de qué?”. “Soy profesora de español”.
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