#Musalove Story nº62 – I Concurso de relatos

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Relato nº62: Mi 14 de febrero

Saborear un café siempre me produce cierta sensación de bienestar. El aroma penetra en mi despertando emociones dormidas. Siempre es agradable compartir esos sentimientos y, aquel día era justo lo que estaba haciendo.

 

Añoraba a mi amiga Laura, tanto que no pudimos resistirnos a contemplarnos la una a la otra y a conversar sobre todo lo que nos deparó aquel verano del 95.

La tarde se presentó envuelta de risas, se antojó caprichosa con los comentarios y se adornó con la esencia de aquellos cafés que iban y venían.

Nos sentimos aisladas, sumergidas en una urna de cristal infranqueable donde nada importaba. No veíamos a nadie pero aquella cafetería parecía tener movimiento. No nos importaba lo que pensarían aquellos que disfrutaban también de aquel atardecer de verano. Ellos, allí sentados conversando, ellos embriagados por el perfume del café, ellos desapercibidas personas que entraban y salían, ellos … bueno Él.

 

Allí estaba, sin estar para mí. Allí escuchaba mi risa, sin percatarse. Allí sonreía, frente a otra persona. Allí estaba, repleto de gestos borrados por el paso del tiempo… pero yo no lo sabía. No lo supe hasta que me levanté, se levantó y se produjo el encuentro. Nos miramos como nunca nos habíamos mirado antes, nos saludamos y entablamos una breve conversación que aún a día de hoy creo que cambió nuestras vidas.

 

Fue su frase la que me despertó, estaba entusiasmado porque en breve comenzaba a formarse como enfermero. No me lo podía creer … Sus ilusiones y las mías estaban íntimamente fusionadas. Algo dentro de mí me incitó a lanzar la propuesta de ir juntos el temido primer día de universidad. No se negó y lo hicimos realidad. Ya no pudimos separarnos.

 

Entre clases, apuntes, trabajos y exámenes surgió el amor. El solo roce con su mano dibujaba sonrisas en mis labios, sus miradas enloquecían mis sentidos, sus palabras animaban mi alma y, por primera vez en mi vida me intuía enamorada.

Siempre era un placer ir a clase, deseábamos compartir hospital en nuestras prácticas, necesitábamos estudiar juntos por las tardes y no podíamos soportar nuestras ausencias durante los fines de semana.

Empezamos a buscar excusas para vernos más a menudo, salidas con el resto de compañeros que camuflaban nuestros sentimientos, trabajos imaginarios que nos permitían subir una nota que ya había alcanzado el máximo, noches de estudio compartido para obtener un apoyo mutuo frente a una materia no controlada … fueron muchas excusas y fueron muchos momentos pero me quedo con la noche del 14 de febrero, en la que con un arrebato desenfrenado me cogió de la mano. Creo que nunca nadie lo había hecho antes, quizás por eso significó tanto para mi.

Un simple gesto como aquel fue el determinante de toda una vida juntos.

 

Después de aquello sobrevolaron besos y caricias que fueron engrandeciendo nuestro amor.

En aquel momento ya sabíamos que seríamos uno, siempre.

En perfecta armonía se diseñó nuestro pequeño mundo de enfermeros enamorados. Se estructuró un hogar provisional para compartir nuestros secretos, se organizó un enlace que selló nuestro compromiso y, con el paso del tiempo se vio culminada nuestra obra con una descendencia tan maravillosa que se hace difícil describir con palabras.

 

 

Si tuviera el poder de regalar algo a alguien, no dudaría en transmitir esa sensación de amor que yo he sentido y siento.

 

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Mi 14 de febrero
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Empezamos a buscar excusas para vernos más a menudo, salidas con el resto de compañeros que camuflaban nuestros sentimientos, trabajos imaginarios que nos permitían subir una nota que ya había alcanzado el máximo, noches de estudio compartido para obtener un apoyo mutuo frente a una materia no controlada
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