#Musalove Story nº72 – I Concurso de relatos

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Relato nº72: Cartas de amor

 No se estilan las cartas de amor. No en estos tiempos. Pero puede suceder que una mañana cualquiera alguien deje una carta en un buzón, tal vez el tuyo, una carta distinta, una sola carta entre una multitud de cartas sin pulso ni historia; que al abrir el buzón el aire se impregne con el aroma intenso y fresco de un perfume de mujer, que esa carta bajo sospecha de no ir dirigida a ti lleve tus señas y tu nombre escritos con los trazos elegantes, intuyes, de una pluma valiosa; los mismos trazos que la han fechado cincuenta y cinco años atrás, si, cincuenta y cinco años; los mismos trazos hipnóticos que se despliegan en cuatro folios con palabras escritas en un tipo de letra regio y antiguo que ya no se estila, como las cartas de amor.

Por un instante creí haber atravesado un túnel del tiempo, que aquella mañana estrenada no era la mañana siguiente al día de ayer sino alguna curiosa y alucinante atracción en el parque temático de la relatividad. No descartaba la hipótesis de encontrarme ante una mala resaca en estado delirante. La sangre me bombeaba en las sienes con desesperación, arrastrando con ella piedras de dolor y culpa por los excesos de la noche. No, no era delirio; era sin duda una resaca común, genérica como las dos aspirinas del desayuno, tan real como el olor fresco y femenino de aquellas hojas que rebosaban palabras de amor, tan real como la intrigante y desorientada sensación de quien se asoma al vacío de lo absurdo, al balcón de lo imposible.

Era muy extraño sentirse en el papel de fiel amante y amado de un anacronismo. Y, sin embargo, todo parecía real, cercano, posible. Con el paso de los días aquella carta sin remite que vino del pasado dejó de obsesionarme, ocupando su lugar en el rincón de las cosas que deben ignorarse hasta el olvido, junto a las cicatrices de la vida que nunca se cierran y se ocultan en las sombras para no mostrar su estado deplorable. Pero cuando casi había conseguido barrer todo resto de incertidumbre, y mi mente ya no levitaba en mundos paralelos imaginando amantes de novela; cuando mis pies casi rozaban de nuevo la tierra, sucedió.

Fue dos semanas más tarde. El reflejo de la luz de mediodía sobre el marmóreo suelo provocaba una atmósfera etérea e irreal en el recibidor del edificio. Ella apareció como en medio de una nube, llevaba un elegante traje de corte clásico, zapatos de tacón alto, una pamela que ladeaba con gracia hacia su perfil derecho. Su rostro matizado, preciso, precioso, inolvidable, me resultó familiar y acogedor como una hoguera de invierno. No reparó en mi presencia, quizás porque me ocultaba en el rellano sombrío del ascensor,  quizás porque permanecí inmóvil como una estatua de hielo en ropa de calle, quizás porque aquella escena parecía estar sucediendo a años luz de mi cordura. Extrajo una carta de un pequeño bolso de mano y la dejó caer en un buzón. Tal vez el mío.

Para cuando mi cerebro quiso regresar de su trance la misteriosa y atractiva mujer ya había desaparecido del recibidor. De la calle. De mi vida.

Preferiría contar que lo olvidé todo, que enterré aquella visión y aquellas cartas en el subconsciente más profundo y quedaron allí; que no hay más historia que ésta. Hasta aquí. Punto y final.

Pero no es cierto. Los días siguientes dediqué los ratos libres, las horas robadas al sueño, a dibujar mil perfiles de aquella mujer con una insistencia rayana a la obsesión: su rostro, su torso, su elegante cuerpo alejándose de mi sobre el mármol vaporoso, mientras imaginaba historias con ella, historias que podía palpar con las yemas de los dedos, casi reales, como si hubieran sucedido en otro tiempo y fueran revividas, como si hubieran permanecido en estado latente en la memoria y ahora resurgieran; historias que transcurrían en cafés de época con la inocencia de dos manos que se buscan bajo una mesa, o en jardines de sombra acogedora con cuerpos que se estrechan en un banco, se besan y se miran a los ojos, sin reparar en más porque en ellos empieza y termina el mundo.

Qué coño me pasaba. Yo, el más impenitente de los golfos, sucumbiendo al amor como un pardillo, como un colegial que inunda los cuadernos con el nombre de su maestra. A veces espiaba en silencio los buzones. La esperaba sin tiempo, sentado en el primer peldaño de la escalera, leyendo algún libro o dibujándola por enésima vez, deseando que aquellos trazos sobre el papel tuvieran algún poder de invocación. Pero mi escasa capacidad para los poderes mentales sólo me daba para invocar la curiosidad amable de alguna vecina, cómo está doña Carmen, dibujas muy bien hijo, pero tienes mala cara, no estarás mejor en casa, te preparo una sopa, algo caliente.

El tiempo es erosivo como el agua, desgasta la memoria, los recuerdos, esconde los cuadernos de dibujo y las cartas de amor en rincones extraños de la casa, y nos arrastra en su río allá donde tenga a bien llevarnos. Pero hay días que vuelven hacia atrás y lo recuerdan todo.

Mariela entró en el edificio una mañana como aquella otra. La luz era algo menos difusa, algo más real. No era la dama del pasado. No lucía un traje de corte clásico, ni llevaba zapatos de tacón, ni una pamela que ladease hacia su perfil derecho. Y sin embargo había algo especial en ella, algo que me producía una sensación calurosa, cercana y acogedora como una hoguera de invierno. Buenos días, dijo, ¿Vives aquí? Soy la nueva vecina del segundo izquierda. Buenos días, dije, vivo aquí, y tengo la sensación de llevar toda la vida esperándote. Me miró sorprendida, aunque su mirada seguía siendo cálida y serena. Sonrió como si ya me conociera.

Esa misma mañana salimos a tomar café. No en un mundo paralelo. No en un café de época. No nos buscamos las manos por debajo de la mesa. Lo hicimos por encima, sin pensarlo, mientras las palabras iban y venían sobre las miradas, su sonrisa y las hogueras de invierno.

Puede que el amor no esté predestinado. Puede que sea tan casual como la muerte. Sea como fuere, ruego que me sea concedido el beneficio de la duda. Y que nadie me pida explicar lo inexplicable.

Después de varias semanas viéndonos, habíamos decidido irnos a vivir juntos. Su piso mejor que el mío, más luminoso, mejor distribuido. Aquella tarde recogíamos mis cosas en cajas de cartón para la mudanza. Cuando entré en el dormitorio, Mariela estaba sentada sobre la cama. Había encontrado el cuaderno de dibujo y observaba detenidamente uno de los retratos de la misteriosa mujer. Qué hermosa, quién es, preguntó. Me senté a su lado y traté de explicarle de la forma más creíble aquella historia de las cartas de amor y la misteriosa dama. Ella, tras escuchar aquél dudoso relato y leer las cartas, sin pronunciar palabra me cogió de la mano y tiró de mí para que la siguiera. Me llevó a su piso. A su dormitorio. Extrajo unos sobres del cajón superior de la cómoda y me los entregó. Me senté sobre la cama, con el pulso acelerado aún, y abrí el primero de los tres sobres. Era una carta fechada cincuenta y cinco años atrás, escrita a pluma con un trazo algo más grueso e irregular que las otras. Una carta de amor. Una carta de amor de un hombre correspondiendo a una carta de amor de una mujer. No era posible. Abrí con prisa la segunda carta, al punto de casi romper la solapa del sobre por mi estado de excitación. No podía tranquilizarme. Apenas podía retener los ojos, que iban más rápido que la mente devorando las palabras con ansiedad. Si. Era posible.  Esas dos cartas eran la respuesta a aquellas otras que un día dejara en el buzón mi dama del pasado. Eran piezas del mismo engranaje, capítulos del mismo amor declarado. Dejé la mirada perdida en algún punto de la última hoja, tratando de entender. Mariela me hizo un gesto para que abriese el tercer sobre. Esta vez lo abrí sin prisa, con algo de desconcierto aún. Dentro del sobre encontré varias fotografías, parecían recientes, todas del mismo hombre, un hombre elegante, con traje ceñido y sombrero, depositando una carta en un buzón, la luz era difusa, algo irreal. Mariela me contó a continuación su parte de la historia. Pudo tomar esas fotos con el teléfono móvil el día que aquél hombre elegante y misterioso depositó la segunda carta en su buzón. Le siguió por la calle, a unos metros de distancia. Le vio entrar en un portal, pero cuando quiso entrar detrás de él la puerta estaba cerrada. Mientras daba vueltas en la calle sin saber qué hacer, observó que había un cartel de piso en venta en la segunda planta. Llamó al portero automático, segundo derecha, no, aquí no es, es el piso de enfrente, gracias y disculpe, segundo izquierda, si, es aquí, quiere ver el piso, se lo puedo enseñar ahora, suba por favor. Y entró en el portal y se cruzó con un hombre  al que no conocía de nada pero al que tenía la sensación de haber amado siempre. Buenos días, dijo, ¿Vives aquí? Soy la nueva vecina del segundo izquierda.

 Buenos días, le contestó aquél hombre, vivo aquí, y tengo la sensación de llevar toda la vida esperándote.

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Cartas de amor
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Me senté sobre la cama, con el pulso acelerado aún, y abrí el primero de los tres sobres. Era una carta fechada cincuenta y cinco años atrás, escrita a pluma con un trazo algo más grueso e irregular que las otras. Una carta de amor.
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