#Musalove Story nº76 – I Concurso de relatos

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Relato nº76:La cajita de plata

Corrían los   80. Eran tiempos  de cambio es España, se respiraban aires de libertad, había colorido en las calles, sonaban grupos nuevos de música, surgían nuevas modas, nuevos estilos, todo un abanico de posibilidades se abrían ante sus ojos.

La atrajo y la cautivó en cuanto lo vio por primera vez, enfundado en su traje de militar. No, no es que su vida estuviera en el ejército, es que por aquél entonces, era obligatorio para todos los muchachos, prestar servicio a la patria,  conocido familiarmente y sencillamente como “la  mili”. A ella le embriagaba su presencia, la aturdía y la embobaba, transportándola  a otro mundo, un mundo donde podía acariciarle, besarle, amarle y deleitarse con su compañía sin llamar la atención.  Pero ella estaba absurdamente comprometida con otro chico,  un chico al que nunca amó, pero que por caprichos del destino acabó siendo su pareja. Así que de momento se tenía que  conformar con mirarlo, observarlo, y amarlo en silencio. Pero el tiempo jugaba en su contra, corría el riesgo de que alguna chica del grupo se fijara también en él, o peor aún, que él se fijara en alguna otra excluyéndola  a ella que ya estaba comprometida.

Las horas en que sólo la estaba permitido  mirarlo, y   amarlo en silencio, habían llegado a su fin después tres años. Ya era libre, ya era oficial, no estaba con nadie. Ahora solo faltaba que él se fijara en ella. ¿Lo haría?

Hasta que lo hiciera, a ella solo le quedaba seguir  imaginando que lo besaba, acariciando cada poro de su piel. Podía casi sentir la suavidad de su negro pelo al deslizar las yemas de sus dedos por su cabeza.  Soñaba con él, vivía por él. Se había convertido en su esclava de amor. Temía que alguien lo notara, que un destello en sus ojos la delatara, pero la gente es poco observadora. Ella se habría percatado del asunto si a alguna amiga suya le mirase como ella le miraba, erizándosele la piel.

Hubiera gritado a los cuatro vientos que él era el único chico al que amaba, que él era su primer y único gran amor. Pero esas cosas,  nunca se hacen, porque sabes que no valen para nada excepto para que se rían de ti y estropees las cosas.

Había transcurrido aproximadamente casi dos años y aún no había pasado nada. Pero  una tarde de verano, estando ella en casa enredada en  sus cosas, sonó  el timbre del interfono. Fue una suerte que contestara ella, pues por lo general la casa solía estar concurrida de gente. Descolgó el telefonillo y apenas terminó la frase “¿Quién es?”  De repente un latigazo le recorrió el cuerpo de arriba a abajo, la sangre empezó a calentarse y en su estómago empezaron a bailar mariposas. Casi se le sale el corazón del pecho. Era él,  sí él, preguntándola si le apetecía bajar y tomar  una  Coca-Cola. No se lo podía creer. Él invitándola a ella a tomar algo, y llamando a su puerta expresamente para ello. No había esperado a verla junto con el resto de amigos. No. Había ido a su casa. No se lo podía creer. En ese momento rozó el cielo con la punta de los dedos.  Corrió a la habitación y en menos de dos minutos ya se había arreglado, peinado y lavado los dientes. No fuera que cambiara de opinión y se fuera.  Bajó y allí estaba él esperándola. Tan atractivo y sexy  como siempre, con su espeso y negro pelo ya no tan corto, con su pantalón vaquero desgastado, y su arrugada camisa de rayas verticales azules finitas y con bolsillo en el lateral izquierdo. Estaba tan nerviosa que  sus movimientos eran torpes, sus palabras tropezaban al salir de su boca, y sus ojos no dejaron de brillar en toda la tarde mientras lo miraba. Aún le costaba creer que él se fuera fijado en ella, que llevaba años amándole en silencio.

A esa tarde siguieron los días más felices de su existencia.  Aún recuerda el primer viaje que hicieron juntos. Fue un puente de diciembre, en un talbot horizont, color verde agua, mientras sonaba en el radiocasete del coche “el último de la fila.

Qué grande es la felicidad cuando amas por primera vez, y te sientes correspondida. Tanto que el cuerpo se  queda pequeño para albergarlo,  y entonces se escapa por cada orificio del cuerpo, hablas de otra manera, miras de otra manera, la música te suena de otra manera, todo es de otra manera. Todo es bello, maravilloso, perfecto.  La primera noche la pasaron en un humilde hotelito con chimenea, un tronco de encina quemándose, qué acogedor, qué romántico, qué maravilloso qué…  Quería guardar en su recuerdo cada imagen, cada gesto, cada palabra. Temía que fuera un sueño, pero no. Ya se había despertado y él seguía a su lado, no lo había soñado como había hecho tantas veces en el pasado. Ahora era realidad. Después del desayuno, volvieron a subir a la habitación, a coger algo de abrigo, pues habían decidido pasar la mañana paseando por el pueblo y conociendo los alrededores. Ella cogió su parka coreana azul marino con el inconfundible forro naranja, y él su cazadora de cuero, que le sentaba tan bien. Como todo lo que se ponía. Tenía buen tipo y estaba atractivo con cualquier cosa que se pusiera.   Salieron a la calle y una bocanada de aire frío y fresco les llenó los pulmones, y le calaron los huesos, pero no importaba porque estaban enamorados

Y tres años más tarde, llegó el gran momento.

“Dime que sí con una sonrisa” le susurró al oído él a ella, a la vez que deslizaba su brazo por el lado y depositaba una diminuta cajita en su mano. Pero era la mañana de Reyes, era lógico hacerse regalos. Todos daban y recibían obsequios. Había un trasiego de paquetes de un lado a otro sin cesar.  El suelo estaba lleno de llamativos y rasgados  papeles, envoltorios de plástico, y cartones de cajas que habían estado toda la noche esperando a ser abiertas por los más pequeños. Había griterío en el ambiente, risas, alboroto, confusión. Era la mañana más mágica del año, la más esperada por todos.    Pero la magia no siempre es buena, y en esta ocasión la magia la privó de saborear uno de los momentos más dulces y significativos en la vida de cualquier mujer, el momento en que el hombre que amas te dice que quiere pasar el resto de su vida a tu lado. El  momento en que se compromete de verdad a serte fiel todos los días de su vida, a amarte y respetarte. Él había elegido ese momento para regalarle un anillo de compromiso y pedirla que se casara con él. Pero por desgracia  e infortunadamente  ella estaba en otra onda en ese momento  y  siguió sonriendo embobada sin comprender el mensaje, y las  palabras  se perdieron en cuanto rozaron la parte superior de su cuello.  Guardó el anillo junto al resto de los regalos, como si de uno más se tratase, pero no era uno más. Era El Anillo con mayúsculas.  Pero ella seguía en las nubes, con una sonrisa estúpida en su rostro,  y el momento más mágico y maravilloso de su vida, se perdió en la algarada confundiéndose con los envoltorios de colores.  Seguramente él  habría estado ensayando la noche anterior e incluso en el trayecto hasta la casa de ella. Es posible que incluso practicara delante del espejo   mientras  observaba la expresión de su rostro.  Pero  ¿Quiénes eran esas palabras para atreverse a robar la identidad al día de Reyes? ¿Qué sentido tenían? ¿Por qué no la invitó una noche a cenar, a un restaurante elegante, romántico, con velas en las mesas, y mantel blanco y esperar a los postres  para entregarle la cajita? ¿Por qué no había champan en sus copas?  Ella entonces lo hubiera comprendido aunque él no hubiera dicho nada, hubiera bastado con la entrega del anillo.  Pero por qué tenía ella esa estúpida idea en la cabeza? ¿Qué le pasaba? ¿Es que estaba ciega? Para algo así, cualquier momento es bueno. Tuvieron que pasar unos días para que ella se diera cuenta de que con aquella frase le había pedido que se casara con él. Pero el momento se evaporó para siempre, ella no lo pudo disfrutar porque cuando vino ella no lo vió, y se lo perdió, se lo perdió para siempre, porque nunca más se lo volvería a pedir.

La rutina también los visitó y ella como abducida por una fuerza extraña, rompió la relación y con ella, el corazón de él en mil pedazos.

Nunca más se volvieron a ver.

Han pasado  30 años.   Y  un cuerpo frío como la plata alberga un corazón triste y arrepentido por haber rechazado al amor de su vida. Ya solo le queda el resto de sus días para arrepentirse y una joya guardada en una cajita de plata. Un anillo que  de vez en cuando coge y se lo pone en el dedo, entonces en su mente suena un susurro “dime que sí con una sonrisa “, y los ojos se le inundan, pero antes de que caiga la primera lágrima, ya lo ha guardado, para seguir amándolo en silencio, como cuando le conoció, porque ahora tampoco le está permitido amarle, ella está casada con otro hombre.

 

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La cajita de plata
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“Dime que sí con una sonrisa” le susurró al oído él a ella, a la vez que deslizaba su brazo por el lado y depositaba una diminuta cajita en su mano. Pero era la mañana de Reyes, era lógico hacerse regalos. Todos daban y recibían obsequios.
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