#Musalove Story nº79 – I Concurso de relatos

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Relato nº79: Casablanca

Como tantas veces imagino que ha ocurrido con tantos otros antes, la lluvia y el cine fueron los testigos mudos de nuestro primer encuentro. Más que testigos, fueron, por decirlo así, el decorado, la puesta en escena que, —recordándolo ahora, más de veinte años después—, me parecen tan pertinentes a los hechos que no podría concebir que hubieran ocurrido bajo ninguna otra circunstancia.

Es cierto, llovía. Lo hacía violenta y cerradamente, con la persistencia y el desgarro con que lo haría un profundo desconsuelo liberándose. Yo había ido a ver Casablanca, solo. A pesar del diluvio, —aunque ahora, tantos años después, cuando la capa de la memoria añade a las razones de los actos interpretaciones alternativas, estoy tentado a pensar que más bien habría que decir que gracias a él—, había decidido, en mitad de la tarde, sacudirme la nostalgia en la que todo aquel tropel de agua me estaba sumiendo. El día anterior, de vuelta a casa, había visto que empezaba un ciclo de Bogart, y que, al día siguiente, se proyectaría esa cinta, una de mis preferidas, sino la más. Así que, sin pensarlo mucho, me cambié de ropa y me dirigí al centro.

Las mujeres habían dejado de ser para mí una preocupación, desde la ruptura con Clara. Había pasado dos meses realmente malos, pero, tras el verano, ya lo había superado. Sin embargo, y a pesar de que mi vida social no se había resentido, ni menos mi rendimiento en el trabajo, sentía que mi interés hacia las mujeres había decaído considerablemente.Dado que este hecho no me suponía ningún menoscabo, —antes al contrario: menos preocupaciones—, lo había casi celebrado.

Supongo que aquella fue la razón por la que la primera vez que la vi no sentí nada especial, —aunque eso era extraño, ya que era una verdadera belleza, una de esas distintas: una rara belleza, como a veces se dice—, sino más bien indiferencia. Estaba sentada, sola, en el centro de la sala, donde, por lo demás, había bastante poca gente.

Me senté, por puro instinto gregario, en su misma fila, dejando dos o tres asientos de separación.

Al final de la película teníamos las manos entrelazadas.

Casablanca, y, supongo, nuestros sendos pelos mojados, heridos por la lluvia, obraron una suerte de milagro.

Hasta hoy.

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Casablanca
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Lo hacía violenta y cerradamente, con la persistencia y el desgarro con que lo haría un profundo desconsuelo liberándose. Yo había ido a ver Casablanca, solo. A pesar del diluvio, —aunque ahora, tantos años después, cuando la capa de la memoria añade a las razones de los actos interpretaciones alternativas, estoy tentado a pensar que más bien habría que decir que gracias a él—,
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