#Musalove Story Nº7 – I Concurso de relatos

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Relato nº7: Mis tres horas con Cristina. Amor primero, amor que lastima

(Historia real, pero la lírica supera a la realidad. En verso y prosa rimada.)

A las cinco en punto nos presentamos en la avenida de Donostiarra. Después de dos años de novios nos

decidimos a dejar el cenobio. Me asombraba Cristina por lo tranquila que estaba. Fuimos en un taxi, y durante el trayecto no para de hablar.

— ؙCariño. ¿No estás un poco nerviosa? Porque no paras de darme la tabarra.

— Pues no cielo. Lo que estoy es más bien impaciente y un poco recelosa. Espero que los nervios no te

hagan una mala pasada, y se te estropee “la cosa”.

— Por eso no te preocupes, tú, arrímate bien a mi regazo y verás como no habrá amenaza de “gatillazo”.

Con disimulo le llevé su mano a mi bragueta para que comprobara que había debajo “un buen pedazo”.

— ¡Jo Amador! Pero si parece un brazo.

— Tanto como un brazo, no. Pero sí que es un buen badajo. Ya te darás mejor cuenta cuando estés debajo.

Llegamos a la casa de citas a la hora acordada.

— Mi vida. Ha llegado la hora. ¿Ya sabes cómo lo debemos hacer?

— Sí, como dijo la señora. Yo entro primero, y tú después.

— Pero que no te vea nadie, asegúrate.

A dos metros del portal, Cristina miró para delante y para atrás, y al ver el sitio despejado entró.

Para acceder a la casa, había que traspasar el portal; de unos seis metros de recorrido y diez peldaños

después había que subir para llegar al rellano.

Desde la acera de enfrente observaba como mi niña entraba; y es cuando me di perfecta cuenta, quizás

por la perspectiva de lo buena que estaba. Sin duda era mi diva.

Se había puesto para la ocasión una falda de esas que llaman de tubo. ¡Joder! cómo se le marcaba el

culo. Y aunque para Cristina era un “calvario”, para mí era como la campana de un campanario. Y aunque no tengo fama de perdulario, (decirlo no es necesario) y si de penitencia me echa el cura rezar diez rosarios, voy a idolatrar con el máximo fervor a su hermoso tafanario.

Cuando a Cristina dejé de ver, supuse que ya había llegado al piso “bajo de”. Y entonces yo entré, y a la puerta llamé.

— Hola Amador.

— Buenas tardes doña Juana. Me manda Manolo sus respetos.

— Buen chico Manolo, aunque un poco pillo. Su amiga ya está en la habitación del fondo del pasillo.

Saqué la cartera del bolsillo. — ¿Le abono ahora doña Juana?

— Sí, mejor que abone ahora; así se despreocupa, no sea “que en pleno rodaje se acuerde que tiene que

pagar el peaje, y se le baje”.

— Me dijo Manolo que cobra veinte duros. ¿Verdad señora?

— Sí, pero ya sabe: tres horas.

— No se preocupe, a las ocho la habitación desocupe.

— Qué lo disfrute.

— Gracias doña Juana. Y ahora le dejo, que me espera “un buen tute”.

Era una rosa temprana

cual aura pura encendida

que a mis anhelos reclama.

Aún estaba vestida,

pero sus ojos radiantes

me daban la bienvenida.

Yo, sentimental infante

me aposenté junto a ella

con mis manos inquietantes.

¡Cristina! igual que una estrella

desnuda cual virgen druida.

¡Dios! es la mujer más bella.

Dijo con vista perdida:

hazme para siempre tuya

eternamente… una vida.

Fue mía…mía, ¡aleluya!

fue el amor en su esplendor

de una “rosa y un capullo”.

Fue una gran tarde de amor.

Fumando un cigarrillo a medias entre las sábanas, (seguro que de algodón) entre mis brazos rezagada,

me sentía un campeón antes de librar la primera batalla. A pesar de que no esperaba la sorpresa de la toalla.

— Cariño: ¿Para que traes ella toalla? Le pregunté con sorpresa al sacarla de la de bolsa que llevaba.

— Qué poca imaginación tienes Amador. Es para recoger los restos de nuestro amor. ¿O es qué

pretendes que queden impregnados entre estas sábanas? ¡Qué horror!

— Es verdad. “Si al cortarte la flor”; lo que se derrame, que no quede en este nido. Porque doña Juana,

como unos guarros nos hubiera definido.

— Pues por eso he traído esta toalla de lino. -¿Y cómo empezamos? me preguntó con carita de

preocupación. Pues hacerte muy feliz quisiera… ¿Y si mi deseo no atina?

-Mi felicidad eres tú Cristina: tus ojos, tus labios… tus caderas… Le tome su mano con mi mano y

llevándola a donde se “izaba mi bandera” le dije: empieza de esta manera, verás que cosa más divina.

No tuve el valor de pedirle “que me la comiera”. Me pareció que la primera vez hacer eso no debiera.

Pero mi sorpresa fue cuando me dijo cómo si ya de siempre se conociesen:

— ¿Te importa que la bese?

Y pese a quien le pese, Cristina no besaba aquel rosáceo glande que cada vez se hacía más grande; lo

devoraba como si estuviera muerta de hambre.

— Para cariño… para. Como sigas “comiendo sin tara”, tendré dificultades para que luego en su sitio

entrara…Para… para.

— ¿Te ha gustado?

— ¿Me ha encantado? Nunca nadie así jamás me la había besado?

Con suma delicadeza con el dedo pulgar de mi mano derecha limpié de la comisura de sus labios un

hilito que prendía; seguro que de los exudados que quedaron allí estancados, seducidos por la dulzura de la miel

que de ellos se extraía. Y posé mis labios sobre los suyos para poder yo también degustar aquellos belfos que de

puro amor se habían impregnados con los efusiones emanadas de aquel lugar.

El beso fue interminable por la postura adoptada: ambos tumbados de costado; frente con frente, pero

con las narices hacia un lado para que aquel beso por nada se viera perturbado.

— Ahora te lo hago yo a ti, ¡vida mía!

— ¿El qué me vas a hacer? Dijo al captar lo que ella se temía.

— Una cosa que te va a estremecer. Tú cierra los ojos y calla.

— Espera que ponga la toalla.

—Ahora no cielo. No voy a “cortar tu flor”.

— ¿Entonces qué vas a hacer?

— Una cosa que he hará desfallecer.

— ¿De pena, de dolor?

— No mi amor, de placer. Pero colocarte de esta forma es menester para que sin problemas a tu jardín pueda

acceder.

Se abrió de piernas todo lo que daba de si sus caderas. Diciendo:

— ¿Así, de esta manera?

-¡Dioses del amor! ¡Eros, Cupido, Venus o Minerva! Aquel cuadro que ante mis ojos se presentaban, a

mi alma enerva. Su contemplación me extasía. Y es sólo ¡mía… mía… mía!

Con inusitada ansía, como un reloj parado al que no se le da cuerda, me suicidé en aquel pozo negro

donde mi boca y mi lengua se pierdan. Y en mi alma quedaron impregnados los aromas y sabores que hoy

todavía recuerdan.

—Para ahora tú Amador. Me dijo mientras con sus manos retiraba mi cabeza con cierto estupor. Qué de

tanto placer me da dolor. Fumemos otro pitillo mientras se me pasa el sopor.

Una hora había pasado en el preliminar… Yo parecía un río… ella parecía el mar. Océano donde mi

corriente muy pronto iba a desembocar.

—Mi vida… ¿Estás preparada para afrontar lo más subliminal? Le decía con los ojos del enamorado que

le toma, mientras me colocaba la goma.

— Sí, mi amor. Ya puedes cortar la rosa de mi rosal; y a todo el mundo diré donde vaya, que Amador

fue el primer jardinero que traspasó de mi parterre la valla. Y a continuación debajo de sus posaderas se colocó la toalla.

Y allí en ese tarde del once de Junio de mil novecientos sesenta y cinco, dejé constancia con ahínco, que no fue uno, ni dos, que fueron tres los “Jacinto” que planté en el sagrado recinto de mi amada Cristina, con el amor más puro surgido de la fuente del amor más cristalina.

A las cinco empezó la “corrida”,

“toreó” Amador “El Maletilla”;

en su alma llevaba una rosa prendida

y dos claveles en la taleguilla.

Capote bordado de azul y grana.

Muleta de la sangre de sus venas,

espada pura de la raza hispana

que trasmite a “Cristinas” y agarenas.

Su amada en la barrera con mantilla

le envía un ósculo que le enajena.

¡Pero qué preciosa está mi chiquilla!

Hoy haré la mejor de mis faenas.

Lances de dolor doblan su testuz,

pases de pecho y por bajo de asombro,

estocada en el centro de la cruz.

Salida por la puerta grande a hombros.

FIN

 

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Con inusitada ansía, como un reloj parado al que no se le da cuerda, me suicidé en aquel pozo negro donde mi boca y mi lengua se pierdan.
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