#Musalove Story nº8 – I Concurso de relatos

San valentin 2017

Relato nº8:Amar antes de morir en San Sebastián

Vagabundeaba con mis pensamientos una noche fría de invierno. Me sentía solo,

muy solo. La crispación también invadía mis tristes y gélidas neuronas; hacía poco más

de un mes que habían concedido el divorcio a mi mujer, separación por mí no deseada, y

que me sumió al borde de la depresión más brutal.

Paseaba por el paseo de La Concha de San Sebastián, ciudad que había elegido

para acabar con mis desgracias. Morir en Donostia es el lujo más grande que un suicida

puede aspirar.

-¡Qué vulgaridad! arrojarse al metro o por el viaducto de la calle Bailen de Madrid.

¡No! No!

Qué bellos recuerdos me evoca Donostia. Me senté en un banco del paseo del

Peine, cerca de la Plaza del Funicular observando como el Cantábrico acariciaba la arena

de la playa con la misma suavidad que yo acaricié los senos de Charo momentos

después.

¡Vaya! Con este mar casi siempre bravío, pero hoy en calma no me podré suicidar.

Parece que barrunta mis intenciones. ¡Bueno! Tampoco voy a meter prisa a La Parca.

Pensaba arrojarme al mar desde el acantilado.  Que las olas me destrozaran y me

llevaran hasta los Jardines de Ondarreta, para que el detritus de mis despojos dieran vida

a las rosas, como Serrat dio vida a la genista del Mediterráneo. Encendí el último pitillo.

La calma era absoluta, pero la bruma empezaba a invadir el paseo y la tibia luz de

una farola absorbía la humareda del cigarrillo. Me abstraje viendo como el humo en su

lento y perezoso ascender formaba unas imágenes que se me antojaban caprichosas,

pero que distrajeron mi atención hacia lo inevitable, y me olvidé de la muerte en ese

instante. Me vino a la mente la voz de Jorge Sepúlveda en su canción “mirando al mar”,

pero yo no soñaba como él, ni estaba junto a ti, como dice la letra.

Pensé que esa noche tan calmada no era la más propicia para un suicidio. Era más

propia para amar. Un suicidio requiere tempestades huracanadas, tornados y tsunamis.

¡Coño! Me pregunté. -¿Es qué me voy a ir de este mundo sin hacer el amor por

última vez?

-¡No! ¡No! ¡Qué disparate! Me invadió un enorme deseo de acariciar los cabellos de

una mujer. De succionar con la mayor de las delectaciones sus pechos, y de perderme en

las profundidades de su alma.

Me dirigí al centro, con intención de tomar algo caliente en una arrocera de la Plaza

del Buen Pastor, frente a la Catedral. Hacer el amor con el estómago vacío no me parecía

una buena idea.

La conexión fue fulminante; el deseo entre los dos surgió al instante. Supimos que

hacer el amor era irremediable, imposible resistirse a sus caprichos. Nos dejamos llevar

sin apenas decir nada

La emoción me embargaba subiendo las escaleras que accedían a su casa de la

calle San Marcial. No había ascensor, era una cuarta planta. La desnudé al instante y me

dejé llevar por la emociones.

Fue el comienzo de una nueva vida. Los pechos turgentes de Charo alimentaron

con sus jugos mi mente destruida.

Fue mi hada, mi druida.

Las fuentes de las rosas.

La que me sirvió la vida.

Ella me devolvió mi prosa.

Los besos fueron interminables, los pulmones se olvidaron de respirar, no querían

entorpecer el momento tan sublime con su ajetreo. Los viajes por las rutas de su piel

fueron interminables: sus collados, sus valles y sus montes fueron recorridos por mis

manos y por mi lengua de una forma lenta, parsimoniosa, no quedó un centímetro de su

dermis que no descubrieran mis sentidos; todos estaban concentrados en ella.

Devoré sus labios como el sediento ante el agua. Todavía siento su contacto en los

míos; sus gemidos, y su olor; aroma que cubrió la estancia; fragancia de rosas y jazmines

emanaban de sus nacimientos. ¡No existe perfume más embriagador que el de una mujer

en celo! Mis fosas nasales se inundaban de ellos y me elevaban la libido a unos estadios

desconocidos y nunca por mi vivido. Sin duda estaba ubicado en ese momento en el

máximo grado y esplendor del éxtasis.

El desamor es locura

que lleva al atolladero.

Y si otro amor no lo cura,

acabar loco prefiero.

Y cambié la locura de la desesperación por la de la pasión y el amor de otra mujer.

FIN

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Los besos fueron interminables, los pulmones se olvidaron de respirar, no querían entorpecer el momento tan sublime con su ajetreo.
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